VIVIR COMO EN UNA PELI DE MIEDO

Seguramente todo el mundo pueda contar anécdotas vividas que le hayan recordado a una película de terror y que, siendo cómicas, nos hagan pensar que estábamos dentro de un largometraje parecido a cualquier film de horror.

En los últimos trece días he recorrido parte de Estados Unidos y he podido vivir cuatro de esas situaciones.

La primera de ellas, un clásico: tres de la tarde, mes de julio, 45ºC, calles solitarias y, de pronto, sin saber cómo, estás en una ciudad desierta, paseando en coche por un barrio muy poco deseable, con las casas medio en ruinas y gente que te observa a través de sus ventanas. Habías decidido ir allí a buscar una tienda de la que te habían hablado. Pero CADA, ¿qué es lo que vas a comprar allí? ¡¿Un souvenir de Hachís?!

Días después, llegas a un hotel en una gran ciudad. Sólo vas a hacer una noche y continuar tu camino. Por supuesto, como estás viviendo una historia de terror, el hotel está en obras. Una de las plantas tiene todas las puertas abiertas y pueden observarse las habitaciones destrozadas. Caminas entre escombros para llegar a tu habitación, te pones un bañador y bajas a la piscina. Cuando decides volver, te pones el pantalón sobre el bañador mojado y coges el ascensor. Estas sola dentro; empieza a subir y, de pronto, se oye un fuerte golpe y el ascensor se descuelga. Cae al fondo a toda velocidad. No pasa nada, estás bien. Pulsas cualquier botón pero no se mueve. Esperas un poco y nada! No sabes si pedir ayuda, seguramente pensarán que te has orinado encima!! Al momento empieza a oírse una tubería de agua. OOh-oh, seguro que ahora el ascensor comienza a llenarse de agua. Estás en un hotel medio destruido, en un ascensor enorme, sola, mojada y se oye agua!!! Decides llamar por el móvil. Al principio no hay cobertura, pero finalmente logras avisar a alguien. Cuando te sacan del ascensor está, incluso, la policía. Sales, das las gracias y te vas corriendo.

Cansada de tantas aventuras resuelves pasar cuatro días apacibles en casa de unos amigos. Se trata de una pareja que vive en un tranquilo y amable pueblecito. Por la noche, cuando todo está en silencio en la casa, deciden enseñarte todo el armamento que poseen. Una pistola de las que se ocultan en la pierna bajo el calcetín, otra automática y una especie de escopeta recortada. Ya en la cama, en medio de la noche, te despiertas por el calor. Quieres ir a beber agua, pero no te atreves a bajar la escalera. Estás en una enorme casa, con dos desconocidos armados hasta los dientes. Tampoco puedes huir, pues en este “amable” pueblecito todo el vecindario está dotado de equipos de tiro y no vas a poder pisar el jardín de nadie sin ser alcanzado y herido. Será mejor no hacer ningún ruido y continuar durmiendo.

Finalmente, otro gran clásico de película de miedo. Cuando utilizas un pela patatas junto a un fregadero que tiene trituradora. En estos casos siempre se oye una música mezcla de impaciencia mezcla sonido estridente que te avisa de que vas a rebanarte un dedo de un momento a otro. Cuando menos te lo esperas, ¡ZAS! Y las gotas de sangre caen poco a poco sobre el fregadero. Además, recuerda que estás en Estados Unidos, donde no vas a ir al médico por un simple corte.

Después de dos días con la herida abierta, el dedo empieza a estar mejor y esta aventura de viaje no deja de ser un simple anecdotario emulador de las más clásicas películas de terror…

CADA

¿REPLANTEARSE DECISIONES?: NO, GRACIAS

Hace algún tiempo, hablando con un buen amigo, hice un comentario: “No es adecuado plantearse las antiguas decisiones”. Como los buenos consejos son una especie de regalo, él también tuvo la ocasión de decírmelo. Y he creído que podía ser un buen tema de reflexión para estos días de verano en los que la mente ociosa a veces nos juega malas pasadas.

Todos tenemos la experiencia de revivir los hechos del pasado y empezar a darle vueltas a aquello que hicimos mal o que pudimos hacer mejor. Cualquier tipo de decisión, se hace con los datos del presente, con los que uno dispone en un momento dado. Cuando vamos recibiendo nuevos datos, los hechos nos confirman o refutan la bondad de la solución dada a un determinado problema. Pero como el pasado nunca vuelve, este ejercicio mental sólo puede servirnos para aumentar la culpa, que es una pésima consejera y una mala compañera de viaje.

El refranero popular está repleto de sentencias que confirman este punto y la culpa no puede distraernos de nuestro objetivo fundamental, que no es otro que mirar para adelante. El tiempo da perspectiva y como tal, puede hacernos caer en esa trampa del “podría haber intentado…”, pero lo cierto es que no, que no podías intentarlo ni siquiera pensarlo, porque en aquel momento determinado ni siquiera tenías la conciencia necesaria que quizá hoy sí tengas.

Pero este no es un post pesimista y de este irrefutable hecho se pueden extraer conclusiones muy válidas para el futuro, que sí es el que podemos cambiar con nuestras actuaciones en el presente. El ser humano, ya lo hemos repetido en alguna ocasión, es una máquina de encontrar patrones y como tal, se encuentra a gusto en medio de las rutinas y los guiones. Si algo positivo tiene la culpa, es llamar nuestra atención respecto de la inutilidad actual de esos viejos patrones. Dicho de otra manera, es un llamamiento para el cambio.

Ahora, en mitad de este contexto, tenemos que entender bien lo que significa ese cambio, para no quedar atrapados en una situación que, por desagradable y doloroso que nos pueda parecer, ya no va a regresar. Lo que sí puede regresar son algunas de las condiciones que posibilitaron la decisión anterior, si es que nos gustaban y el firme compromiso de cambiar aquellas otras que nos condujeron a tomar una decisión que ahora puede parecernos equivocada.



Ante nosotros se abre un universo nuevo de experiencias y un juego, en sentido literal, lleno de asombrosas posibilidades. Sólo enterrando lo viejo podemos revivir a algo nuevo y maravilloso. Esto no quiere decir que el pasado no pueda regresar de alguna manera, pero debe hacerlo con reglas distintas, por eso, necesitamos alejarnos de los usos, los patrones y los guiones que regentaron las condiciones que nos llevaron al fracaso, pues con la sabiduría de la experiencia, quizá la casa que construyamos sobre los viejos cimientos sea más esplendorosa de lo que ni siquiera nos atrevimos a soñar.

Los nuevos sueños no pueden usar los mimbres viejos, pero ¿quién nos dice que la nueva obra no pueda ser aún más rica, variada, hermosa, creativa y gratificante que la anterior? Estoy convencido de que la experiencia proporciona un desarrollo en espiral. Esto significa que nuestra vida discurre por los mismos derroteros, aunque a veces, cambia el paisaje y no lo identificamos. No nos engañemos, la felicidad depende de tres o cuatro temas básicos, nada más. Y cada oportunidad es una nueva variante de las mismas causas de nuestro malestar o nuestra felicidad.

Visto desde cierta perspectiva, es bastante positivo que nuestra felicidad no dependa de muchos factores, al fin y al cabo, es como si la vida nos diera una nueva oportunidad cada día que nos levantamos. Puede que nuestro “tema central de vida” sea la desorganización, no te preocupes, tendrás mil intentos para aprender y que te salga bien, es más, cada nuevo fracaso será un aprendizaje más, de forma que la próxima vez, estés un poquito más cerca.

Si realmente esto es así, no hay más que bucear un poco en nosotros mismos para descubrir cuáles son nuestros temas centrales. Realmente hay varios métodos para descubrirlos, analizarlos y modificarlos, algunos necesitarán de ayuda más o menos profesional, cuando nos damos cuenta de que siempre tropezamos en la misma piedra. Pero hay un método que nos puede servir a modo de autoayuda: 

  1. Escribe, a modo de relato, la última situación donde sentiste una emoción de malestar intensa, con el mayor detalle posible.
  2. Recuerda otras situaciones donde sintieras esa misma emoción. Al hacer esto probablemente descubras que esa es una emoción “clave”, que se ha repetido en los momentos realmente determinantes de tu vida.
  3. Escribe el patrón común presente en todas esas situaciones
  4. Ahora ya sabes qué atenaza tu corazón en esos momentos, a través del relato, podrás descubrir matices que te lleven a observar lo que puedes cambiar.

Parecen cuatro pasos sencillos pero exigen cierto grado de aceptación y compromiso con uno mismo, al fin y al cabo, muchas veces nos resulta más cómodo dejarnos llevar que enfrentarnos “cara a cara” con nuestra sombra. Pero si os atrevéis, el conocimiento es como un sol que ilumina todo con una perspectiva absolutamente distinta, tan distinta que ya nada, literalmente, volverá a ser como antes, pero a la vez, nuestra visión de nosotros mismos será mucho más humanizadora y pacífica. Integrar esos aspectos puede conllevar cierta tensión emocional, pero cuando la tensión desaparezca, habremos recuperado definitivamente, las riendas de nuestra vida y ahora sí, podremos navegar en el tiempo y recuperar, de manera genuina, nuestra libertad.

Feliz semana a tod@s y gracias por estar ahí

EDU

VIVIR PARA TRABAJAR

El otro día me encontré a un antiguo amigo de mis padres. Se mantuvo con él la clásica conversación en la que te preguntan sobre tu familia, tu situación actual, etc. Entonces, me consultó acerca de mi hermano y cuando le dije que estaba trabajando demasiado contestó en tono sarcástico que eso es lo que debía hacer. Traté de explicarle su situación actual, complicada porque le faltaba personal en la empresa. Pero él seguía muy insistente persistiendo en la idea de que es joven y eso es lo que debe ser.

Esto me dio mucho que pensar. Está bastante relacionado con cómo es esa generación, lo que tiene en la mente y la pena que me da que piensen así. Me refiero a la generación de nuestros padres. Esos señores que ahora están entre los 60 y 80 años más o menos.

¿Os habéis dado cuenta de que su mentalidad es “vivir para trabajar”? No se trata de un reproche, ni mucho menos; sólo es una observación que ha marcado en nosotros una profunda huella. Ni peor ni mejor. Sólo diferente.

Esa generación trabajaba de sol a sol. En muchos casos, aunque ya se hayan jubilado, siguen apareciendo cada día por sus negocios, regentados por sus hijos, con la idea de que sin ellos no pueden marchar bien las cosas. No se trata de que no se fíen de sus hijos, sino de que no saben hacer otra cosa. Es lo que siempre han hecho: trabajar. Y como así es como deben ser las cosas, el disfrute personal se mira con ojos supervisores. El trabajo es más importante. Los beneplácitos propios se pueden, siempre, postergar. Con esos firmes ideales hay una lectura de trasfondo que nos recuerda que nuestros padres nos lo han dado todo en la vida y, por ello, ahora debemos devolverles su colaboración. Los hijos estamos en la obligación de cuidar a nuestros padres.



Siendo irónicos. Pensemos por un momento. Cuando decimos que los niños de ahora lo tienen todo, quizá nos esté doliendo un poquitín que, a nosotros, nos costaba mucho cada cosa que conseguíamos. ¿Qué nos daban nuestros padres? Para la mayoría de nosotros la infancia no fue, precisamente, opulenta. Los padres de entonces nos proporcionaban alimento, ropa limpia y cuidados sanitarios. No faltaba el plato de patatas guisadas, nuestra ropa era heredada, pero estaba perfecta. Si estábamos malos íbamos al médico y nos cuidaban en casa.

¿Vais entendiendo a lo que me refiero? Una perspectiva completamente diferente. Estar sano, limpio y ser correcto con los mayores era lo importante. Hoy en día, queremos proporcionar los mejores alimentos, ropa a la última, clases de idiomas, música, vacaciones etc. Primamos la formación y la información y, convertimos en un ideal que nuestros hijos alcancen sus objetivos.

A veces, miro hacia atrás y pienso que nos ha salido muy caro el plato de patatas guisadas. Esos ideales nos han transformado en una generación trabajadora; pero también luchadora. Nuestra lucha es la de reconvertir la expresión: “no vivir para trabajar, sino trabajar para vivir”.

Basta!! La vida es dura, sin duda. La vida, también es corta. Pero lo que en mi camino he aprendido es que es ancha. Puede darte tiempo a mucho si lo aprovechas con entusiasmo. Lo verdaderamente importante está en las cosas más pequeñas, en las que nos hacen sentir bien. Los objetivos relacionados con afecto, con otras personas y con pequeñas satisfacciones personales son lo que nos liberan.

Hoy, debemos seguir siendo educados y correctos, debemos seguir siendo trabajadores y debemos seguir cuidando los aspectos formales de nuestros hijos para construir una buena sociedad del mañana.

Pero que nadie se llame a engaños. Ahora jugamos más con nuestros hijos, les enseñamos más mundo y les ofrecemos más posibilidades. ¿Debemos auto-castigarnos por querer ofrecer otras perspectivas? ¿Debemos sentirnos mal por, además de trabajar, disfrutar de la vida?

Quien tenga oídos para escuchar, que escuche. Quien tengo ojos para ver, que vea Y quien tenga sus sentidos alerta para querer llegar más lejos, simplemente, que no se detenga…

UNA RETIRADA A TIEMPO ES UNA VICTORIA

Es un hecho constatado que la vida no es un camino de rosas, tampoco creo, como afirman algunas tradiciones, que sea un valle de lágrimas y que estemos aquí para sufrir. Realmente, estoy convencido de que el sentido de la vida es crear un desarrollo, o dicho simple y llanamente: Crecer.

En ese proceso de crecimiento que se inicia incluso antes del nacimiento (cada cual establezca la línea donde considere conveniente) hay multitud de sentimientos y emociones. A lo largo de nuestra existencia hemos conocido y conoceremos el dolor, la alegría, el fracaso, la frustración, el anhelo, el deseo, el desencanto, el amor…La lista sería interminable. Lo importante es caer en la cuenta de dos cuestiones fundamentales, por un lado, para que haya desarrollo es necesario que exista una meta, un objetivo vital que nos impulse hacia delante en los momentos de desconcierto y oscuridad, es lo que llamamos compromiso y os he expuesto algunas reflexiones al respecto en posts anteriores.

Hoy me gustaría hablar de la otra cuestión fundamental. Dicho sea de paso, desde una reflexión completamente personal y que no pretende ser ni académica ni ejemplificadora. Aunque también es cierto que no es simplemente autobiografía, no vaya a ser que alguien se sienta identificado y no estoy aquí para herir susceptibilidades. Supongo que todos habéis tenido la experiencia, yo también, de empeñaros en una situación que no tenía solución o cuando menos, que esa solución quedaba fuera de vuestro campo de actuación. Pues bien, desde mi punto de vista, es el momento adecuado para decir “Adios”. Aunque claro, hay formas y formas.

Si le tuviera que dar un nombre, quizá la palabra más adecuada sería “desapego”, así pues, hay momentos para el compromiso y momentos para el desapego. Muchas de las desgracias que nos pueden llegar en la vida provienen de no saber diferenciar entre uno y otro. Por supuesto, muchas de las alegrías también se derivan de haber sabido retirarse a tiempo. Como reza el antiguo proverbio: “Dame coraje para resolver lo que está en mi mano, fuerza para aceptar lo que no y sabiduría para diferenciar entre ambos”.

Hasta aquí la teoría es fácil, pero el desprendimiento, por definición, duele. Y cuanto mayor ha sido el empeño, mayor dolor ocasiona. El primer objetivo en aras del crecimiento personal es que ese dolor sea útil. Si me permitís poner un ejemplo un tanto trivial, es como hacer limpieza en el armario. Uno tiene que decidir si quedarse o no con aquel jersey, tan bonito hace años, pero que ahora ha pasado de moda y no sirve más que para ser nido de alguna polilla oportunista. De nada sirve deshacerse de él si en cuanto vuelvan los rigores del invierno, lo echamos de menos.
Tampoco nos conduce a nada, si no lo sustituimos por otro que en el momento presente nos siente mejor, no vaya a ser que de tanto echar en falta la prenda que perdimos, se nos olvide ir a comprar la nueva.



Aquí es donde el desapego ejerce su poder curativo y su influencia en el crecimiento. Renunciar a algo genera, inmediata e inevitablemente, una crisis que nos permite reevaluar y en su caso, reorientar nuestras metas. Así, la momentánea desorganización que genera la renuncia, sirve de acicate y propulsora del desarrollo personal. Me gustaría realizar aquí un pequeño inciso. Daros cuenta de que renuncia es la causa y no la consecuencia del desarrollo. Si consideramos que debemos renunciar a algo valioso porque perjudica nuestro desarrollo personal, tened cuidado, es más que probable que sea la falta de compromiso la que se vista de falso crecimiento. Si esto nos sucediera, corremos el riesgo de convertirnos en aquella vaca, que siempre consideraba que el mejor pasto era el del terreno que tenía al lado, por lo que nunca se decidía a comer de ninguno. Cuando el desarrollo es la excusa que nos ponemos a nosotros mismos para abandonar una situación, el dolor no es útil ni fructífero, es solo una lacra que oculta el verdadero problema, en una eterna huída hacia delante que nos lastima tanto a nosotros como a quien nos rodea.

Desprenderse de cualquier circunstancia, ya sea un objeto, una relación o un viejo hábito también supone un ejercicio de generosidad importante, sobre todo cuando esa decisión afecta a terceras personas. Muchas veces nos empeñamos en continuar con una historia, simplemente por lo que fue y no por lo que es en este instante. Renunciar exige un ejercicio completo de perdón, para no recordar eternamente el daño sufrido. Renunciar exige humildad, para reconocer los propios errores. Renunciar supone paciencia, para caer en la cuenta de que la única forma de construir es destruir los antiguos pilares inservibles. Y renunciar exige, finalmente, caer en la cuenta de que el verdadero Amor no es un sentimiento más o menos precioso que se genera en el sí mismo, sino una actitud de compromiso para con otro, no porque lo necesite, sino simple y llanamente porque haber compartido un tramo de mi camino, me ha hecho ser mejor persona. Así pues, cuando tengamos la tentación de encadenar a alguien, al menos parémonos a pensar si es nuestro ego el que maneja los hilos y si no estamos buscando nuestra propia satisfacción sin importarnos el grado de felicidad que generamos en los que nos rodean.

Un enorme abrazo a tod@s y feliz semana.

EDU
Parte II. ¿Pueden las herramientas TIC ayudar a desarrollar la comprensión lectora?

Siguiendo a Isabel Solé en su obra Estrategias de lectura, llevar a cabo de manera eficaz los procesos ligados a la comprensión lectora implica desarrollar y trabajar diferentes estrategias que corresponden a las tres fases de la lectura.  Es preciso tenerlas en cuenta en el aula y trabajarlas de forma coherente, planificada y sistemática en todas las áreas y materias. Las tres fases corresponden a estos tres momentos del proceso lector:

Antes de la lectura
  • Fijar el objetivo de la misma. Explicitar para qué se lee.
  • Trabajar las expectativas iniciales acerca del significado del texto.
  • Activar los conocimientos previos.
  • Establecer predicciones e hipótesis.
Mientras se lee
  • Formular y verificar hipótesis de manera continua.
  • Plantear preguntas sobre lo leído.
  • Aclarar dudas sobre el texto.
  • Recapitular sobre el contenido de lo que se va leyendo.
Después de la lectura
  • Reorganizar lo leído mediante esquemas, resúmenes, mapas conceptuales...
  • Reutilizar lo leído construyendo nuevo conocimiento.

Esta somera caracterización ayuda a conocer cómo se produce el proceso lector. Por tanto, al introducir en el aula actividades que ayuden a su mejora, es necesario que tengan en cuenta todas las fases del proceso y que trabajen las diferentes estrategias implicadas en el mismo. En el trabajo de planificación de estas actividades las herramientas TIC pueden ser de gran ayuda para el profesorado. Si bien las herramientas que se van a  mencionar pueden ser utilizadas en los diferentes momentos del proceso lector, se ha optado por organizarlas de acuerdo al antes, durante y después de la lectura presentando en cada uno de estos tres momentos diferentes aplicaciones.

Recuerda que el concurso para el ranking de cometarios seguirá abierto hasta la última entrega de los post del lunes y se entregá un premio a aquel comentario que se mantenga en las primeras posiciones.

Saludos a todos

EDU-CADA

CÓMO SER MUJER, TENER UN DÍA HORRIBLE Y NO MORIR EN EL INTENTO

Ayer me disponía a subir mi post acostumbrado, cuando una compañera de trabajo me mandó un mail contándome todos los sucesos que había vivido en un mismo día. Me pareció interesante escribir, por tanto, el post sobre cómo ser esa mujer, tener un día horrible y no morir en el intento.

Una jornada dura entre 8 y 15 horas, dependiendo de las horas de sueño y a lo que uno se dedique. En ocasiones, todo parece irse complicando poco a poco y el día en sí parece que no va a acabar nunca.

Primera premisa que se desprende de esta historia y debemos aprender: cuando un día empieza mal, puede ir empeorando y no conviene pensar que ha acabado todo hasta que no se está, por fin en la cama. La segunda premisa es: si el día empieza mal, todo puede ir a peor; con lo que es mejor asumirlo desde el inicio y no resistirse. Cualquier intento de llevarle la contraria a esta inevitable situación producirá frustración.

Mi compañera se levantó a las 7 am, se duchó y arregló, llevó a su hija a la escuela infantil y se acercó a un cliente para hacer un simple calibrado de proyector para una pizarra digital. Esta es una operación sencilla que no tiene por qué llevar más de 10 minutos. Pero he aquí el indicio de un día que no empieza del todo bien. ¡Más de una hora para calibrar el dichoso proyector que no se dejaba ajustar ni a palos! Eso sí, el resultado fue un calibrado digno de exponer en un museo junto a un Picasso.

Mientras terminaba la operación, un familiar suyo le solicita mudarse, con todas sus pertenencias, unos días a su casa por un pequeño problema familiar.

También al mismo tiempo, se estropea la alarma de la oficina y todo el mundo debe ir hacia allí con sus llaves para reprogramarlas.

Como otro compañero estaba de vacaciones, decide ir a casa de éste a por su llave, pasarse por su propia casa a recoger la suya y acercarse a echar una mano a su familiar.

Todo esto, en Madrid, lleva demasiado tiempo y se adereza con atascos, un coche al que no le funciona el aire acondicionado y unos 38º C de temperatura.

Por fin, muerta de calor, llega a la oficina justo a tiempo para resolver un asunto inminente con un cliente. Media hora después debe llevar a otro familiar al médico y va justita de tiempo.

Entre contratiempos cumple sus misiones. No come, pero vuelve a la oficina para resolverle otra urgencia a otro cliente.

Ya son las 5 pm y debe recoger a su hija de la escuela infantil. Lo hace. Sale con ella hacia la casa de su familiar con problemas para ayudarle con la mudanza. Se encuentra que éste, tiene demasiadas cosas y que no van a caber en un coche tan pequeño. Las encajan como pueden. Agotada por el calor, el hambre y el cansancio llega a su casa a las 6 pm. Debe darse prisa, pues a las 7 pm tiene que estar en la facultad para realizar una actividad con unas compañeras.

Tiempo justo para darse una ducha, cambiarse de ropa, dejar a su hija y marido con su madre y plantarse en la facultad. La actividad se retrasa más de lo previsto y acaba a las 10.30 pm.

Cuando sale, recoge a su hija, deja a su marido en un evento y vuelve, por fin, a casa. ¿Por fin?

Llega, no tiene llaves porque se las ha dejado a su familiar. Llama al telefonillo. Nadie responde. Recuerda que su telefonillo no funciona bien, por lo que decide entrar por el garaje y acceder al edificio. El garaje está destrozado por un incendio que aconteció el mes anterior. No hay luz, el techo está derrumbado y todo está cubierto de hollín.

Además, claro está, no puede hacer llamadas porque hace media hora que se quedó sin batería. Coge a su hija en brazos y se dispone a atravesar el garaje. No se ve nada. Recuerda que, justo la noche anterior había visto una peli de miedo sobre una chica a la que atacan en un aparcamiento…

Alcanza la escalera. Ambas están tiznadas por el hollín. Sube hasta la puerta de su casa. Toca el timbre con desesperación y no hay nadie al otro lado.

Piensa qué puede hacer y recuerda que lo que sí tiene son unas llaves de la oficina. Decide ir allí. Vuelve a meter a la niña en el coche, llega a la oficina, conecta el cargador de su móvil y llama a su familiar. Éste se ha dado cuenta de que ella no tiene llaves y está volviendo a casa.

Vuelve, tarda en encontrar un sitio donde aparcar. Y, ahora sí, 1.30 am, por fin a salvo.

Pero como os decía al inicio de esta historia, un mal día no acaba hasta que te duermes. Todavía tuvo que quedársele el agua de la ducha helada y caérsele encima un vaso de leche.

Mientras conciliaba el sueño, absolutamente exhausta, a eso de las 3 am, pensaba… Por qué mi vida es constantemente así? Alguien esa noche le había dicho: “no estás haciendo, en absoluto, el tonto con tu vida”. Consecuentemente pensó: para no estar haciendo el tonto, hago demasiadas tonterías.

Imagen de: mundoeva.com


Preguntarnos por qué determinadas personas viven vidas intensas y están plagadas de anécdotas es un auténtico misterio. Cada uno tiene una vida propia y, la de algunos es, inevitablemente, compleja.

Al final del día, lo importante, sin duda, es considerar que, bajo la determinada condición en la que se viva, existe un equilibrio. Si después de una jornada dura puedes sonreír recordando las anécdotas y concilias bien el sueño, nada de lo que has vivido era tan importante como para generarte dudas acerca de si estás haciendo o no el tonto con tu vida…

CADA.