CADA DA LA CARA

A mis fieles lectores:

Después de haber recibido un sinfín de solicitudes, me atrevo a comparecer públicamente ante los medios.

Quiero, además, garantizaros una primicia: ¡EDU y CADA despedirán el Año 2010 juntos!

Saludos,

CADA.


LA TEMIDA CENA DE EMPRESA

Existen tres indicadores de que la Navidad está muy cerca. El primero de ellos comienza cuando de pronto lo anuncios de la televisión se multiplican como los panes y los peces y reaparecen anuncios de juguetes, colonias, cavas y turrones. El segundo indicador es el encendido del alumbrado navideño. De pronto vas caminando por la calle y ves un montón de bombillitas sobre tu cabeza y piensas ¿ya? ¡Pero si aún falta mucho! Aunque, al parecer, no quedaba tanto, porque cuando menos querías darte cuenta ¡zas! Te informan de la fecha de la cena de empresa (el tercer indicador).

Desde el día en que se conoce la fecha y hasta la noche en cuestión, circulan un montón de comentarios entre los compañeros y compañeras. Lo que se pondrán, cómo irán para no llevar coche, cuánto van a comer, etc. Lo que no le preocupa a nadie es ni cómo volver ni cuánto beber. Ambas cosas están claras: ni idea de cómo volver, pero para qué pensarlo si después nunca me acuerdo de cómo he llegado a casa. ¿Cuánto beber? Esa pregunta ya ha quedado contestada, ¿verdad? ¡Paga la empresa! ¡Hasta el agua de los jarrones!

En relación a las cenas de empresa, está el anecdotario lleno de mitos, de historias inverosímiles y peor aún: de momentos que es mejor haber olvidado por los efectos del alcohol, porque si nos acordásemos…

Afortunadamente, los jefes optan por una de estas dos opciones: o irse nada más cenar o ser el que más bebe. Creo que esto ya está estudiado de antemano. Es una especie de estrategia de las organizaciones modernas, porque si fuese de otra manera, al día siguiente tendrían que despedir a más de media plantilla y a ver qué íbamos a hacer…

Llega el día. La gente va apareciendo poco a poco en el restaurante y el ambiente está más bien frío. Alguien comienza pidiendo una cervecita, pero sin alcohol, que sólo es para ir haciendo tiempo. Algún gracioso de turno emprende un comentario más o menos jocoso para ir rompiendo el hielo.



Por fin está todo el mundo y nos sentamos a cenar. Y ahí si que sí. El vino empieza a correr a litros. De pronto hace un calor… Los comentarios jocosos se vuelven pícaros y las anécdotas de clientes y otros años van de un lado al otro de la mesa entre risas y nuevas historietas.

Para los que aún tengan cuerpo, la noche es joven. Es en esta parte de la fiesta donde están los mejores sucesos. Primero porque si te has ido nadie te los va a contar al día siguiente y, segundo, porque la noche es muuuuy peligrosa y “todo lo confunde”. Seguro que ya te estás acordando de algo que ocurrió el año pasado, verdad? Por ejemplo, cuando tu compañera se confundió de servicio y abrió la puerta del baño masculino y hablaba mirando hacia la barra mientras sujetaba la puerta abierta y todo el "bareto" veía el interior de los urinarios y a los sujetos que hacían uso de ellos. O cuando se liaron dos compis de los cuales uno está casado y lo peor es que se creyó que en realidad estaba con otra. O lo mejor, cuando vino el marido de una a buscarla en pijama…

Para todos aquellos que tengáis la suerte de disfrutar una cena de empresa, apreciadla. La crisis ha recortado el número de celebraciones en muchos casos y ha disminuido el gasto del evento en otros. Si eres ese afortunado o afortunada que sí va a cenar a cuenta de la empresa, aprovecha para desvariar un año más. Sé de casos donde este año no se hará la clásica pregunta previa ¿carne o pescado? Porque no habrá ni una cosa ni otra. El año pasado la minuta decía algo así como: Entremeses ibéricos, tortilla española, revuelto de gulas y gambas. Merluza a la vasca o Entrecot a la gallega. Tarta. Café. Cava. Y todo regado de Rueda y Rioja Reserva. La casa, además, invita a una copa nacional o importación.

Este año, para empezar, no hay minuta. El menú consiste en entrantes españoles (mortadela y pavo), tortilla francesa, revuelto de patata y huevo. Calamares rebozados. Café. Sidra “Día”. Y todo acompañado de una copa por cabeza de Don Simón. La casa invita a nada. ¿A qué va invitar con lo poco que se ha gastado tu cutre empresa este año? Pero no importa, ya nos emborracharemos luego en el pub de la esquina con unos copazos de garrafón.

Por supuesto, lo peor de la cena de empresa no es la cena. Ni siquiera las copas. Lo peor no es tener que aguantar a compañeros y jefes con una sonrisa. No es mantener la compostura para luego perderla. Lo peor de todo es la RESACA del día después. Y eso si no añadimos que te has podido despertar en un banco del parque, tapado con un periódico, durmiendo con un mendigo y sin cartera!!

Y aún así, si la suerte te lo permite, repetirás al año siguiente. Y mientras te vas a casa dando tumbos entre las farolas y con los ojos sólo entreabiertos para admirar el despertar del alba entre la niebla, pensarás: “Ahora sí que queda inaugurada la Navidad”…


CADA.

CÓMO APARTAR LOS "DEMASIADOS" DE TU VIDA

Esta mañana, cuando me despertaba, me he dado cuenta de una verdad importante. La vida está llena de instantes empañados por la mente. Cualquier mañana, nos levantamos de la cama, vamos a la ducha y en vez de disfrutar de un relajante momento de felicidad bajo el agua templada, nuestra mente nos asalta y bombardea con pensamientos intrascendentes: “Acuérdate de enviar el informe de D. Fulanito, no te olvides de comprar el regalo para el cumpleaños de Zutanito, estás enfadado con Menganita…”.

Le he estado dando vueltas a mi peluda cabeza acerca de qué cosas nos empañan y cómo quitar ese vaho mental que nos acercan peligrosamente a un accidente existencial. Una conclusión evidente ha sido que en numerosas ocasiones estamos expuestos a un virus mental, este virus no aparece (que yo sepa) en los manuales de psicología ni en los libros de autoayuda, pero lo he bautizado como el “virus del demasiado”.

 (Imagen de: tecnocosas.es)


Mirad si no cuánta felicidad se nos escurre entre los dedos por el simple hecho de que nuestra mente nos empaña con “demasiados”: Tengo demasiada prisa, no tengo demasiado tiempo, el precio es demasiado caro, es demasiado pronto para esto o para aquello…¿No son demasiados demasiado? No sé vosotros, yo considero que sí y puedo afirmar sin género de dudas que no creo en los demasiados.

La vida lleva su ritmo, un ritmo propio y particular que no tiene nada que ver ni con los sucesos anteriores ni con las circunstancias presentes. Los encuentros, los momentos y las oportunidades surgen cuando surgen y sólo nos queda disfrutar de ello sin mucho más que pensar. El problema, creo yo, es que los virus mentales se encuentran muy a gusto entre hábitos, rutinas y categorías. El virus del demasiado se cuela en nuestro desarrollo cotidiano con insidiosa perfidia. Tiene forma de pensamiento, pone el pie en la puerta de nuestra felicidad y se presenta como un amigo desvergonzado. Antes de que nos demos cuenta, se ha instalado en nuestra casa, se apoltrona en nuestro sillón favorito y desde su recién estrenada posición de indulgente protector nos recuerda cada día que vamos por el mal camino.

El efecto inmediato de la acción del virus es que empezamos a abandonar nuestras emociones para centrarnos cada vez más en intentar averiguar qué nos está pasando. Por poner un ejemplo sencillo, es como si al ver una rosa, en lugar de disfrutar de su color y perfume, nos dedicamos a navegar en una apolillada biblioteca para descubrir la especie de rosal donde ha florecido y el lugar de procedencia de dicha especie. Si esta actuación nos parece absurda, ¿por qué nos empeñamos siempre en clasificar nuestros sentimientos? Parece que en vez de cerebro tenemos una serie de estanterías ordenadas por veinte criterios distintos. En este estante está el cariño que no llega a ser amor pero que tampoco es un simple rollo y sin embargo es algo más que…AAAHHH!!!!Por Dios!! Dedícate a disfrutar de la vida y punto, ¿no resultaría todo mucho más sencillo?

Cuando la enfermedad del empañamiento evoluciona nos aislamos de la realidad, empezamos a “pensar en”, dando de lado el “vivir con”. A medida que nos relacionamos más con nuestra forma de ver la vida que con la vida misma, también empezamos a comportarnos más como creemos que debemos hacerlo y no cómo realmente queremos o necesitamos. Las opiniones de los demás, los viejos hábitos y errores, las anticuadas comodidades toman al asalto el lugar que en nuestro pecho debería ocupar el corazón, convirtiendo cada latido en una simple acción física, cuando realmente cada latido es un verdadero canto a la vida y la esperanza.  

El mundo actual, creo que ya lo he repetido en alguna entrada anterior, es experto en la categorización y clasificación y por lo tanto hace propagar el “virus del demasiado”. Parece que el “summum” de la sabiduría procede única y exclusivamente del conocimiento científico, entendido como lo que los demás nos dicen de una realidad particular, da la sensación de que la experiencia particular no sirve para nada. Si preguntarais a un botánico experto en rosales, probablemente no haya visto ni la mitad de las especies que con tanto afán se dedica a investigar. Todo tiene que tener una base biológica para ser cierto. En todos los periódicos aparece un día sí y otro también que tal o cual hormona se relaciona con la amistad o que no sé qué centro cerebral es responsable del enamoramiento. Como decía un viejo profesor mío: “En vez de decir te quiero con todo mi corazón, vamos a terminar diciendo te quiero con todo mi ventrículo lateral izquierdo” Pues qué queréis que os diga, pero a mí me parece mucho menos glamoroso y además, es mentira. Desde luego, si un amigo mío viene a decirme que mi compañía es grata porque le aumenta el nivel de endorfinas, deja de serlo en ese mismo instante.

Afortunadamente, ante cualquier virus también existe un antídoto. Muchos de vosotros pensaréis que es el sentido común, pero para alguno que tenga la tentación de describir el sentido común como una conjunción de neuronas, ahí va alguna recomendación de la botica de la abuela para desempañar nuestra vida y ayudar a prevenir la dichosa enfermedad.

Como comentaba más arriba, la vida tiene su curso, por lo tanto el primer remedio es dar tiempo al propio tiempo, no tengáis prisa por decidir y dejaros llevar simplemente por la corriente. Hoy te apetece quedarte tirado en el sofá de casa, pues nada. Eso no significa que estés deprimido ni que seas un solitario sociópata. Que mañana prefieres dar una vuelta por el campo que irte a tomar una cerveza con ese amigo al que siempre ves, pues no te sientas culpable, cada cual necesita un espacio personal. Muchas veces la prisa, precisamente, busca la coalición del sentimiento de culpa. Como hemos comentado en alguna que otra ocasión, hay personas especializadas en sentirse culpables y otras que son expertas en el arte de hacer sentir culpables a los demás (ver la entrada del 14/10/2010 para más detalles), así que ya sabéis, sed amables con vosotros mismos a pesar de las posibles oposiciones de aquellos que os rodean.

Otro, más eficaz que la miel para la irritación de garganta, es buscar la coherencia entre nuestras acciones y nuestros pensamientos. Normalmente tendemos a creer que debemos comportarnos en función de nuestros pensamientos, pero considero que la relación más sana es la que se establece a la inversa. Cuando nuestros pensamientos se adecuan a nuestras acciones, nos vamos dando cuenta de que somos mucho más amables con nosotros, estamos más centrados, el día a día es más placentero y el empañamiento desaparece. Por supuesto, es necesario afirmar aquí que podemos hacer cualquier cosa que nos de la real gana, pero toda acción lleva aparejada una consecuencia, por tanto, si decido comportarme de determinada manera también debo ser capaz de afrontar sus consecuencias. Curiosamente, una de las máximas importantes de la enseñanza del Buda (y creo que el Budismo es la religión de la experiencia) es que cualquier causa tiene su efecto.

Ser coherente con uno mismo también implica ser consciente de mis necesidades para llegar a ser aquel que quiero ser. Cuando camino por la carretera de mi destino el paso es fácil y cómodo. Si confío más en las directrices de los demás, puede que lleguemos muy lejos, también podemos encontrarnos, al final de la jornada, en un lugar completamente distinto de donde debiera. A veces no es fácil distinguir las pistas que nos hacen diferenciar si andamos por nuestro camino o por una senda marcada por alguien ajeno a nosotros. Cuando vivimos sin prisa, dejándonos llenar por lo que vivimos, silenciamos ese virus macabro sin culpas ni reproches, con coherencia y valentía, el vaho del cristal desaparece y amanecemos a la salud que supone la paz de espíritu y la libertad de corazón. Esa es la mejor guía.

Un abrazo a todos

EDU



LAS COSAS SON COMO SON… ¡PUES QUE DEJEN DE SERLO!

El post de hoy es el resultado de los pensamientos producidos a causa del comentario de un/a lector/a de la semana pasada. Pretende ser un conjunto de discernimientos sobre un tema más o menos contradictorio; pero eso sí, con un toque muy “CADA”.

La frase que despertó mi interés fue Las cosas son como son, no como nos gustaría que fuesen. No era la primera vez que la oía. Incluso comenté con Edu algunas anécdotas acerca de esto y llegamos a una conclusión conjunta: ¡Claro que las cosas son como son! Esto es evidente; pero que sean así no quiere decir que no podamos trabajar para hacer que se vuelvan como nos gustaría que fuesen.

No aceptar la realidad tal y como es podría llevarnos a vivir una situación paralela que no sería otra cosa que una distorsión de lo que sucede a nuestro alrededor. Si no aceptásemos lo que hay, estaríamos continuamente imaginando lo que no es y, para esto, hay un nombre terrible que no es otro que conducta paranoide. Bien, aceptado el punto en el que las cosas son como son, avanzo un poco más para llegar a la siguiente parada: ¿Cómo nos gustaría que fueran? ¿Es alcanzable el objetivo que las va a hacer cambiar? Cuando todo parece indicar que sí y, sin embargo, la realidad que deseamos se vuelve inalcanzable puede que haya condicionantes externos que estén influyendo en nuestra contra.

A partir de aquí podríamos hacernos un montón de preguntas que tendrían que ver con si nos conviene cerrar o no definitivamente la puerta ante algo que, no sólo se ha vuelto inalcanzable sino, mucho peor aún, nos hace daño.

Pero aconsejaros sobre qué hacer o no hacer en este sentido es un trabajo más de Edu que de Cada.

Yo, desde mi perspectiva personal, lo único que puedo hacer es contaros una visión particular de lo que puede suceder cuando atravesamos un túnel sin estar muy seguros de en qué dirección está la salida.

En mi experiencia vivida en este sentido he encontrado gente que me ha aconsejado no cerrar puertas sino sólo entornarlas. Alguien me dijo una vez que es bonito vivir con un objetivo que parezca inalcanzable, sólo por el maravilloso hecho de trabajar cada día con la esperanza de que quizá podría conseguirse. Conocí gente que vivió toda su vida persiguiendo imposibles; Supe de personas que tuvieron un secreto escondido en su corazón y que lo llevaron consigo eternamente; Oí acerca de seres humanos que vivieron una doble vida de fantasía… Y el hecho de creer que aquello que añoraban estaría de su lado días, semanas, meses, años después, les hacía vivir con plenitud y aceptar su condición.

Tras años de largo camino en el intento de aceptar mi propia condición sin que este hecho se produjera a modo de resignación, me di cuenta de que no sabía si tendría las fuerzas suficientes para conseguirlo. Pero aún más, en mi arduo recorrido me pregunté continuamente si debía volver atrás, detenerme a medio camino o continuar avanzando a ciegas.

(Imagen de: sumatuvoz.com)

Es fácil pensar que lo lógico sea seguir contra viento y marea. Pero cuando no se ve la luz al final del túnel, cuando la desorientación se apodera de tu cuerpo, ya no sabes a qué aferrarte para tener aliento.

Puede que no sea tan bonito luchar por algo que nunca llega. Puede que no sea tan sencillo vivir feliz con lo que se tiene en un estado de inconformismo puro.

En mi búsqueda del buen camino analicé cómo debían ser mis sentimientos. Miré hacia dentro y descubrí que eran tan fuertes que no podía ejercer control sobre ellos. Ahondé en mi alma y me pregunté a gritos por qué soy como soy. Quizá nunca llegue a racionalizar los sentimientos como otras personas de mi entorno parecen conseguirlo, pero si algo aprendí es que no quiero hacerlo. ¿Quién puede ser tan frío? ¿Quién quiere vivir negándole a su corazón sus deseos?

Yo sólo soy un ser pequeño. Tan ínfimo que no conoce el secreto de la felicidad, pero que lo ansía por encima de todo. Y en el intento por descubrir las recetas que me lleven a una vida mejor, a veces pienso que los objetivos están tan lejos que no merece la pena perderse más y más en un camino tan complejo.

Resueltamente me quedo con el refugio que me produjo mi último descubrimiento:

Podrán decirme que lo idealizo todo demasiado; podrán sugerirme que las cosas no serán como yo quisiera; pero lo que nunca podrán lograr es que deje de pretender lo que está en mis sueños…


CADA

¿Somos lo que hacemos o hacemos lo que somos?Vivir los cambios


El título de este post puede sonaros un poco como aquello del huevo o la gallina. De hecho ha tenido de cabeza a filósofos y psicólogos de todos los tiempos, desde la antigüedad hasta nuestros días. No pretendo daros una lección magistral sobre el tema ni hacer un resumen de historia de la psicología, simplemente compartir con vosotros algunas de mis ideas al respecto (aunque muchas de ellas no son originales, no soy tan sabio).

Hace unas semanas debatía con una amiga acerca de los cambios y de la posibilidad de cambiar. No tardamos en llegar a la pregunta que da título a este post. Mi postura inicial es que aquello que llamamos personalidad no existe como tal, es decir, no hay algo que se pueda medir y evaluar como un todo continuo y al que alguien le pueda llamar “YO”. Más bien, en consonancia con la tradición de la psicología budista (esto lo aprendí en un libro de Francisco Varela llamado “De cuerpo presente”. Gedisa 1992), eso a lo que llamamos el “YO” no es más que una sucesión de momentos. Si observamos más detenidamente nuestras vidas llegaremos a la incuestionable conclusión de que efectivamente el pasado es pasado y el futuro no ha llegado, así que sólo nos queda el instante presente (precisamente llegar a este descubrimiento es el objetivo de la meditación, pero ése es otro tema).

Y si no somos más que una sucesión de momentos que percibimos como un continuo, eso significa que podemos elegir cualquier momento para cambiar porque: ¿Qué hace que nos definamos como tímidos, extrovertidos o arrogantes? El hecho de que en distintas circunstancias y con personas diferentes tenemos una serie de comportamientos. Tomemos el ejemplo de la timidez, decimos que alguien es tímido cuando vemos que le cuesta enfrentarse a personas desconocidas o se siente incómodo en las situaciones sociales, sin embargo, decir Juan es tímido no es más que una etiqueta que nos ayuda a clasificar a Juan, pero no es nada real en el sentido de estar “ahí fuera”. Si Juan decide en un momento determinado dejar de ser tímido no tendría más que llegar a una persona y decirle “hola, soy Juan, me gustaría conocerte mejor”. ¿Dónde quedaría entonces su timidez?

Para ser honestos, habría que decir que actuar de una manera coherente en situaciones diversas va dejando un cierto “poso” que nos ayuda a comportarnos de idéntica forma la próxima vez que nos enfrentemos a una situación parecida, pero no hay absolutamente nada que nos impulse a actuar así, simplemente y aunque nos parezca mentira, es la forma más cómoda de hacer las cosas. ¿Qué sucede cuando nuestros hábitos  empiezan a resultarnos molestos o no nos ayudan a superar los nuevos retos? En esos momentos es cuando tenemos que plantearnos el cambio y cuando cobra todo su sentido nuestra pregunta inicial, puesto que si hacemos lo que somos estamos condenados a la resignación de enfrentarnos siempre igual a nuestra vida. No sé qué os parecerá a vosotros pero sinceramente, me niego a contemplar esa posibilidad, sobre todo porque he tenido la suerte de ser testigo y en ocasiones catalizador de cambios importantes en la vida de muchas personas y en la mía propia.



Llegados a este punto habría que pensar qué es lo que se puede cambiar y qué es lo que se mantiene estable en nuestra personalidad. En un libro maravilloso de Paul Watzlawick llamado “Cambio” (Traducido y editado en castellano por Herder), el autor expone que existen dos niveles de cambio. Por un lado podemos cambiar algunas situaciones de nuestra vida (Cambio-1) y por otro lado podemos cambiar las estructuras mismas que conforman nuestra identidad (Cambio-2). Supongo que es claro que el verdadero cambio se relaciona con esta segunda visión. Muy bien, pero ¿cómo llegar a cambiar realmente?.

Lo primero es atreverse a hacer cosas distintas, pues si quieres llegar a un sitio nuevo no queda más remedio que andar por otro camino. Puede que al principio te resulte doloroso o te sientas a disgusto, pero según te vas acostumbrando cada vez resulta más fácil la nueva conducta.

En segundo lugar, aprender de las caídas. Está claro que no todo va a ser llegar y besar el santo, cualquier nueva habilidad, desde montar en bicicleta hasta dominar la física cuántica, supone una serie de avances y retrocesos en el desarrollo. En muchas ocasiones los fracasos iniciales nos hacen desistir de nuestra idea original, pensamos que “no estamos hechos para esto” o la tan célebre excusa de “es que soy así y no puedo cambiar”. Me gustaría que este “post” sirviera para al menos replantearte que efectivamente nuestra vida es lo que yo hago de ella en cada momento y no lo que hice con ella en el pasado, por más que me resulte cómodo seguir haciendo las cosas como siempre.

En consonancia con lo anterior, el cambio no es posible si no hay un cambio en las órdenes o pensamientos que nos dirigimos a nosotros mismos, ¿Quién no se ha sorprendido mirándose al espejo y repitiéndose las mismas instrucciones una y otra vez?. En muchas ocasiones nuestra mente no es nuestra aliada, sino nuestro peor enemigo. Poder decirnos a nosotros mismos “voy a…” en vez de “no soy capaz de” supone el primer paso hacia un universo de posibilidades que no habíamos contemplado con anterioridad.

Algunos de los que hayáis llegado hasta aquí habréis pensado que todo es una bonita teoría, pero que no todo puede ser objeto de entrenamiento. Evidentemente por más que practique baloncesto, nunca llegaré a conseguir el nivel de Michael Jordan. Es verdad, existe cierta predisposición para una serie de habilidades, por lo cual es necesario saber identificar mis propios límites y ser consecuente con ellos. Tampoco es menos cierto que dichos límites, al contrario de lo que muchos pueden pensar, son variables y dependen del grado de destreza que vayamos adquiriendo. Si nuestro amigo Juan decidiera de la noche a la mañana dar una conferencia para tres mil personas, probablemente el miedo le atenazaría de tal forma que le fuera literalmente imposible pronunciar una palabra, pero si se enfrenta a una persona, luego a diez y más tarde a cien cabe la posibilidad de que algún día pueda, sin mayores problemas, convertirse en un orador de masas. Aprendamos del ejemplo de Diógenes, uno de los filósofos más divertidos de la Grecia Clásica, que para superar su tartamudez se metía piedrecillas en la boca y llegó a superar su timidez de tal forma que un día sucedió la siguiente historia:
Diógenes vivía en un tonel, en mitad de la plaza. Un buen día, el gran Alejandro Magno, el emperador de la Hélade, fue a visitarle. Sorprendido por su pobreza se acercó a él y le dijo:
-          Oh, gran Diógenes, ¿cómo puede un sabio como tú vivir en tan lamentables condiciones? Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Diógenes miró a Alejandro con mirada burlona, sonriendo, le preguntó:
-          ¿Puedo pedirte cualquier cosa?
-          Cualquiera, contestó arrogante su interlocutor
-          Pues apártate un poco, que me estás tapando el sol.

En definitiva, el único obstáculo que tenemos para cambiar somos nosotros mismos, ni nuestros genes, ni nuestra personalidad ni nuestras limitaciones. Cualquier momento, ocasión y edad son buenos para corregir esas “rutinas” que un día, simplemente, nos han dejado de servir, por bien que nos fueran en el pasado. Sólo me queda animaros y empujaros a ser valientes, porque sea lo que sea, el horizonte está lleno de posibilidades.

Un abrazo para todos y espero vuestros comentarios

EDU