¿Somos lo que hacemos o hacemos lo que somos?Vivir los cambios


El título de este post puede sonaros un poco como aquello del huevo o la gallina. De hecho ha tenido de cabeza a filósofos y psicólogos de todos los tiempos, desde la antigüedad hasta nuestros días. No pretendo daros una lección magistral sobre el tema ni hacer un resumen de historia de la psicología, simplemente compartir con vosotros algunas de mis ideas al respecto (aunque muchas de ellas no son originales, no soy tan sabio).

Hace unas semanas debatía con una amiga acerca de los cambios y de la posibilidad de cambiar. No tardamos en llegar a la pregunta que da título a este post. Mi postura inicial es que aquello que llamamos personalidad no existe como tal, es decir, no hay algo que se pueda medir y evaluar como un todo continuo y al que alguien le pueda llamar “YO”. Más bien, en consonancia con la tradición de la psicología budista (esto lo aprendí en un libro de Francisco Varela llamado “De cuerpo presente”. Gedisa 1992), eso a lo que llamamos el “YO” no es más que una sucesión de momentos. Si observamos más detenidamente nuestras vidas llegaremos a la incuestionable conclusión de que efectivamente el pasado es pasado y el futuro no ha llegado, así que sólo nos queda el instante presente (precisamente llegar a este descubrimiento es el objetivo de la meditación, pero ése es otro tema).

Y si no somos más que una sucesión de momentos que percibimos como un continuo, eso significa que podemos elegir cualquier momento para cambiar porque: ¿Qué hace que nos definamos como tímidos, extrovertidos o arrogantes? El hecho de que en distintas circunstancias y con personas diferentes tenemos una serie de comportamientos. Tomemos el ejemplo de la timidez, decimos que alguien es tímido cuando vemos que le cuesta enfrentarse a personas desconocidas o se siente incómodo en las situaciones sociales, sin embargo, decir Juan es tímido no es más que una etiqueta que nos ayuda a clasificar a Juan, pero no es nada real en el sentido de estar “ahí fuera”. Si Juan decide en un momento determinado dejar de ser tímido no tendría más que llegar a una persona y decirle “hola, soy Juan, me gustaría conocerte mejor”. ¿Dónde quedaría entonces su timidez?

Para ser honestos, habría que decir que actuar de una manera coherente en situaciones diversas va dejando un cierto “poso” que nos ayuda a comportarnos de idéntica forma la próxima vez que nos enfrentemos a una situación parecida, pero no hay absolutamente nada que nos impulse a actuar así, simplemente y aunque nos parezca mentira, es la forma más cómoda de hacer las cosas. ¿Qué sucede cuando nuestros hábitos  empiezan a resultarnos molestos o no nos ayudan a superar los nuevos retos? En esos momentos es cuando tenemos que plantearnos el cambio y cuando cobra todo su sentido nuestra pregunta inicial, puesto que si hacemos lo que somos estamos condenados a la resignación de enfrentarnos siempre igual a nuestra vida. No sé qué os parecerá a vosotros pero sinceramente, me niego a contemplar esa posibilidad, sobre todo porque he tenido la suerte de ser testigo y en ocasiones catalizador de cambios importantes en la vida de muchas personas y en la mía propia.



Llegados a este punto habría que pensar qué es lo que se puede cambiar y qué es lo que se mantiene estable en nuestra personalidad. En un libro maravilloso de Paul Watzlawick llamado “Cambio” (Traducido y editado en castellano por Herder), el autor expone que existen dos niveles de cambio. Por un lado podemos cambiar algunas situaciones de nuestra vida (Cambio-1) y por otro lado podemos cambiar las estructuras mismas que conforman nuestra identidad (Cambio-2). Supongo que es claro que el verdadero cambio se relaciona con esta segunda visión. Muy bien, pero ¿cómo llegar a cambiar realmente?.

Lo primero es atreverse a hacer cosas distintas, pues si quieres llegar a un sitio nuevo no queda más remedio que andar por otro camino. Puede que al principio te resulte doloroso o te sientas a disgusto, pero según te vas acostumbrando cada vez resulta más fácil la nueva conducta.

En segundo lugar, aprender de las caídas. Está claro que no todo va a ser llegar y besar el santo, cualquier nueva habilidad, desde montar en bicicleta hasta dominar la física cuántica, supone una serie de avances y retrocesos en el desarrollo. En muchas ocasiones los fracasos iniciales nos hacen desistir de nuestra idea original, pensamos que “no estamos hechos para esto” o la tan célebre excusa de “es que soy así y no puedo cambiar”. Me gustaría que este “post” sirviera para al menos replantearte que efectivamente nuestra vida es lo que yo hago de ella en cada momento y no lo que hice con ella en el pasado, por más que me resulte cómodo seguir haciendo las cosas como siempre.

En consonancia con lo anterior, el cambio no es posible si no hay un cambio en las órdenes o pensamientos que nos dirigimos a nosotros mismos, ¿Quién no se ha sorprendido mirándose al espejo y repitiéndose las mismas instrucciones una y otra vez?. En muchas ocasiones nuestra mente no es nuestra aliada, sino nuestro peor enemigo. Poder decirnos a nosotros mismos “voy a…” en vez de “no soy capaz de” supone el primer paso hacia un universo de posibilidades que no habíamos contemplado con anterioridad.

Algunos de los que hayáis llegado hasta aquí habréis pensado que todo es una bonita teoría, pero que no todo puede ser objeto de entrenamiento. Evidentemente por más que practique baloncesto, nunca llegaré a conseguir el nivel de Michael Jordan. Es verdad, existe cierta predisposición para una serie de habilidades, por lo cual es necesario saber identificar mis propios límites y ser consecuente con ellos. Tampoco es menos cierto que dichos límites, al contrario de lo que muchos pueden pensar, son variables y dependen del grado de destreza que vayamos adquiriendo. Si nuestro amigo Juan decidiera de la noche a la mañana dar una conferencia para tres mil personas, probablemente el miedo le atenazaría de tal forma que le fuera literalmente imposible pronunciar una palabra, pero si se enfrenta a una persona, luego a diez y más tarde a cien cabe la posibilidad de que algún día pueda, sin mayores problemas, convertirse en un orador de masas. Aprendamos del ejemplo de Diógenes, uno de los filósofos más divertidos de la Grecia Clásica, que para superar su tartamudez se metía piedrecillas en la boca y llegó a superar su timidez de tal forma que un día sucedió la siguiente historia:
Diógenes vivía en un tonel, en mitad de la plaza. Un buen día, el gran Alejandro Magno, el emperador de la Hélade, fue a visitarle. Sorprendido por su pobreza se acercó a él y le dijo:
-          Oh, gran Diógenes, ¿cómo puede un sabio como tú vivir en tan lamentables condiciones? Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Diógenes miró a Alejandro con mirada burlona, sonriendo, le preguntó:
-          ¿Puedo pedirte cualquier cosa?
-          Cualquiera, contestó arrogante su interlocutor
-          Pues apártate un poco, que me estás tapando el sol.

En definitiva, el único obstáculo que tenemos para cambiar somos nosotros mismos, ni nuestros genes, ni nuestra personalidad ni nuestras limitaciones. Cualquier momento, ocasión y edad son buenos para corregir esas “rutinas” que un día, simplemente, nos han dejado de servir, por bien que nos fueran en el pasado. Sólo me queda animaros y empujaros a ser valientes, porque sea lo que sea, el horizonte está lleno de posibilidades.

Un abrazo para todos y espero vuestros comentarios

EDU

BORRAR EL PASADO

Una de las cosas que más nos apetecería hacer en alguna ocasión de nuestra vida es borrar el pasado. ¿Os habéis planteado alguna vez la posibilidad de hacerlo? Me refiero a eliminar de nuestra mente un recuerdo incómodo o doloroso.

Imaginad, por un momento, cómo sería poder seleccionar un recuerdo no deseado de nuestro cerebro y, simplemente, eliminarlo. Es algo así como lo que se nos ha planteado en algunas películas de ciencia ficción. La posible existencia de la "desprogramación" de sucesos no adecuados para nosotros.

Aunque en principio todos podamos pensar que borraríamos una evocación que nos produjo dolor, creo que acabaríamos por no hacerlo. Porque para desechar el recuerdo doloroso tendríamos que deshacernos de toda la cadena que nos llevó hasta ese hecho. Por ejemplo, si deseásemos olvidar el fallecimiento de un ser querido, deberíamos olvidar toda la memoria que tenemos de ese ser. La eliminación de la parte que queremos obviar supondría perder todo lo bueno que dicha persona nos dio, lo cual sería irreplanteable.


(Imagen de: carlosalvarez.blogia.com)

El caso clásico de eliminación de recuerdos sería las situaciones de nuestra vida en las que nos pusimos en ridículo. Vamos a pensar en aquella vez que hice el ridículo más espantoso de mi vida. ¡Me gustaría que no hubiese ocurrido! Con lo que, por lo general, pensamos en cosas que debería haber hecho para evitar tal situación. Como ya no podemos volver atrás en el tiempo, tratamos de eliminar ese recordatorio amargo y que nos produce desazón.

Pero el problema de borrar este tipo de situaciones es que no nos acordaríamos de lo que sucedió, pero las otras personas implicadas sí. ¿Qué pasaría entonces? Creo que lo más probable es que el resto de la gente asistiese a la "desprogramación" como algo normal, ya que todo el mundo lo haría, y vivirían tu olvido como si nada. Al fin y al cabo yo ya no sufro y eso es de lo que se trata.

De igual modo, podríamos plantearnos olvidar por completo a esa persona que está continuamente en nuestro corazón y que debería haber salido del mismo hace mucho tiempo. Como no conseguimos relegar por los métodos tradicionales, la desprogramación sería una buena solución. Quizá con el paso de los años volveríamos a encontrarnos a esa persona que ya no recordamos. ¿Nos jugaría el destino una mala pasada haciéndonos caer una y otra vez en la misma situación?

Con esta extraña visión de la vida que os he planteado hoy, quería que todos nos parásemos a pensar por unos minutos que los recuerdos amargos son necesarios para dar continuidad a todo el proceso. Aunque en muchas ocasiones nos gustaría borrar de un plumazo aquello que nos causó dolor, es necesario tener esas reminiscencias para poder manejar nuestras habilidades. Puede que la ignorancia sea felicidad, pero sólo a corto plazo. El conocimiento previo nos hace fuertes, nos prepara para nuevas situaciones difíciles y, en definitiva, nos configura a nosotros mismos.

La vida es un conjunto de situaciones salvables, menos salvables, gratificantes, menos gratificantes, deseables, replanteables... o difíciles de olvidar. Y en ese camino lleno de todas esas situaciones haremos el ridículo un montón de veces, conoceremos gente que nos amará y dejará, viviremos momentos que nos harán sentir en la cima y momentos que preferiremos no recordar pero que con suerte, recordaremos. Y su memoria servirá para darle sentido a cada situación.

Existen recuerdos que tardamos años en aceptar. Este es el verdadero aprendizaje. No se trata de mirar hacia otro lado. No se trata de buscar culpas ni excusas. Lo que pasó en ese momento ocurrió por las causas que fueran. Debemos acoger su enseñanza y fortalecernos.

Espero que la vida me enseñe a no olvidar y a poder aceptar...

CADA

EL REGALO DE LA AMISTAD (O GRACIAS A MIS COMPAÑER@S DE CAMINO)

Si hay una relación que nuestra sociedad potencia, demanda y atesora con verdadero afán, es la relación de amistad. Tenemos los amigos del colegio, los amigos de la Universidad y más recientemente los amigos de facebook, messenger...Parece que habláramos de cosas distintas o que estableciéramos un ranking de posición, como si unos fueran más importantes que otros, sin embargo, cualquier relación, a través del medio que sea, es una oportunidad para aprender y seguir creciendo.

En este post me gustaría daros mi versión sobre la amistad y ofrecer algunos consejitos para crear y mantener una buena red social. Desde mi punto de vista un amigo es alguien con quien compartes y una guía para manejarte por tu vida. Como en otros órdenes de la vida, parece que en ocasiones tratamos de buscar la perfección basados en idealizaciones respecto de la amistad. Así, desvalorizamos al amigo del que no sabemos nada, sin darnos cuenta de que quizá sea el primero que acuda cuando le necesitamos. No quisiera, sin embargo, dejar un poso de utilitarismo en mi concepto de amistad, cuando queremos a alguien simplemente es así, no importa cuantas veces nos llamemos al año, cuanto sepamos el uno del otro o si hemos ido a su boda. Simplemente sabemos que estaremos ahí para cuando me necesite.

Muchas veces nos perdemos relaciones apasionantes por el simple hecho de que tenemos un esquema mental de lo que significa la amistad y en vez de vivir el presente nos dedicamos a realizar un diagnóstico sistemático de quién encaja y quién no encaja en mis esquemas. Por suerte, la vida es mucho menos categorizable de lo que nos gustaría y en ocasiones, un abrazo a tiempo vale más que mil llamadas de rutina. El otro día por ejemplo, llamé a un amigo del que no sabía nada hacía meses, me saludó como si nos hubiéramos visto ayer, ni un reproche, ni una mala palabra, su voz dejaba translucir la alegría genuina del encuentro. El motivo de la llamada no importa demasiado, sólo os diré que ese día fui un poquito mejor persona y ese contacto tuvo mucho que ver en ello. Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero desde mi punto de vista, cuando alguien te hace crecer, no importan sus gustos, preferencias o aficiones, simplemente le quieres y para la amistad, esto es suficiente.

También me parece un error buscar amigos siempre en los ambientes habituales. Si únicamente hablo de las mismas cosas con las mismas personas con las que estoy de acuerdo en todo…¿Qué aprendo? Me recuerda aquel directivo que hundió su empresa porque ninguno de sus consejeros se atrevía a decirle la verdad. El conflicto en las relaciones también es necesario, estimula mi punto de vista, me hace plantearme los cimientos de la vida, me ayuda a tomar perspectiva, a comprometerme con mis creencias o a abandonarlas cuando he dejado de ser coherente.
El párrafo anterior no quita para que realizar actividades interesantes para mí sea una buena opción de ampliar el círculo de mis amistades. Si me apasiona el macramé, probablemente en un grupo de manualidades encuentre personas afines a mis gustos y mis preferencias. Lo que quiero decir es simplemente que no es inteligente descartar a alguien de inicio por el mero hecho de no compartir alguno de sus gustos o porque no “encaje” en el esquema de lo que para mí debería ser un amigo.



Dentro de las idealizaciones de la amistad, una de las más frecuentes es que la amistad es un vínculo que nos une para siempre, si bien el nivel de compromiso que adoptamos con los amigos facilita esta visión de las cosas, no es ninguna tragedia que un día, debido a las causas que sean, dejemos de tener contacto con alguna persona que fue importante en nuestra vida. Si sois lectores asiduos de este blog, habréis leído en más de una ocasión que abogo por el presente en las relaciones, las circunstancias son las que son y no las que a mí me gustaría que fueran. Las personas, las relaciones, los grupos, las instituciones…Todo cambia, se desarrolla y en algún momento de la existencia, se desvanece y muere. Ya sé que no es lo ideal, pero comprender que cada principio tiene su final, nos hará ser conscientes de lo infinitamente afortunados que somos por compartir este momento y no cualquier otro. Pasear junto a un amigo puede ser la actividad más gratificante del mundo, ¿qué importa si no volvemos a repetirlo hasta dentro de dos años?¿le quita valor a este momento saber que mañana no podremos repetirlo? Cuando estamos centrados en el presente la vida se revela en toda su magnitud.

Si acepto las personas como son, las circunstancias como aparecen y me dedico única y exclusivamente a degustar esos momentos, será muy posible que mis amigos me quieran más y deseen pasar más tiempo conmigo. Recuerdo que hace años tenía un amigo del que actualmente no sé nada, solíamos quedar para tomar algo y compartir gustos, aficiones y problemas. Pasado un tiempo, habíamos establecido una cierta rutina, sin embargo, cuando por alguna circunstancia esta rutina se rompía, llamarle o quedar con él suponía una carga extra de excusas y culpabilidades, malgastábamos el tiempo en encontrar razones para nuestro desencuentro y me sentía culpable por haber estropeado esa bonita amistad que manteníamos. Al cabo de los meses, llamar se convertía en una especie de penuria, pues anticipaba sus reproches y recomendaciones, por lo cual fui dilatando mis contactos cada vez más hasta que un día, simplemente, dejamos de comunicarnos. Quizá, si hubiéramos enterrado las hachas de guerra aún sabríamos el uno del otro y nos enriqueceríamos con nuestra mutua compañía. Aún así, aquellas tardes de domingo aún conservan en mi mente la frescura y el agradecimiento por los buenos ratos vividos.

Todo esto está muy bien, diréis, pero entonces, qué puedo hacer cuando esas circunstancias me sorprenden un día y me encuentro solo, ¿cómo hacer más amigos, cómo coincidir con alguien que alivie la soledad de mi camino? A lo largo de los párrafos anteriores he tratado de daros algunas pistas pero voy a intentar ser un poco más preciso, sin querer llegar a redactar un “decálogo de la amistad”, ahí van algunos consejos que a mí particularmente me han ayudado a encontrar mis amigos, unos todavía los conservo, otros se fueron separando de mi vida:

1.- Sé feliz contigo mismo, eres el mejor de tus amigos: Sólo hay una persona con la que tienes que levantarte todos los días de tu vida y ese eres TÚ. Cuando disfrutas tu actividad, tu soledad, tus circunstancias, serás más feliz y por lo tanto más agradable para las personas que te encuentras

2.- Visita los sitios que te gustan, realiza las actividades que te agradan: Este consejo no te asegura encontrar amigos, pero al menos, disfrutarás haciendo cosas que te hacen sentir bien, te dará más opciones de encontrar gente interesante con quien compartir tus inquietudes y ayudará a que el día a día revierta en una menor monotonía.

3.- Sé amable con todas las personas: Saluda por las mañanas, sonríe con frecuencia, da las gracias por los pequeños favores del día a día. Nunca sabemos detrás de quién se esconde esa persona especial, si decimos que un amigo es un tesoro, tendremos que usar las herramientas adecuadas para sacarlo a la luz. El contacto cálido y amable es la mejor de ellas. En un viaje, al sentarme en mi asiento, saludé a mi compañera de al lado. Curiosamente es difícil encontrar personas que te digan buenos días cuando compartes asiento en un autobús, tren o avión. Transcurridos unos minutos estuvimos charlando sobre nuestras respectivas experiencias y claro, cinco horas de autobús dan para mucho si se quiere. Hoy puedo contar entre mis amigos (en este caso amigas) a esa persona desconocida. Subir al autobús que me lleva al trabajo diario, sonreír en la cola del pan, dar las gracias al camarero que atiende mis noches de ocio, pueden ser el mejor atajo para encontrar el camino del otro y andarlo, por un ratito, juntos.

4.- No te crees expectativas, la vida se va haciendo y tiene su propio ritmo: Hay quien sale a la caza y captura de “amigos”, preguntándose a cada momento si esa persona le conviene o  no. La amistad tiene su propio ritmo, al que ayuda frecuentar sitios comunes, reconocerse como conocidos, entablar conversaciones sin más ambiciones que estar, disfrutar y dejarse llevar.

5.- De bien nacidos es el ser agradecidos.- Quizá este consejo sea consecuencia del anterior, cuando no me creo expectativas, agradezco lo que me dan sin sentirme frustrado por aquello que quedó en el tintero. Puede que haya ocasiones para saborear lo que quiero, puede que no, si bien será más probable un segundo encuentro si durante el primero no nos mostramos ni ansiosos ni expectantes.

Espero que poner en marcha algunas de estas “ayudas” os facilite ser más felices, si luego esa felicidad trae como consecuencia conocer o no a personas interesantes con las que pasar el tiempo, la vida lo dirá, pero al  menos iremos por el mundo con una sonrisa por bandera, en vez de frustración y amargura.
La mejor enseñanza es el ejemplo, así que muchísimas gracias por compartir vuestra vida conmigo, leyendo este “post”, si vuelves, gracias y si no lo haces, gracias también. Es un honor que hayas prestado tu atención a estas humildes letras.

Para todos mis amigos, los que son, los que fueron y los que serán, sabed que siempre estaréis en mi corazón y que las puertas de mi vida siempre estarán abiertas para vosotros, tanto si queréis pasar para saludar o para quedaros a vivir siempre en ella. Un abrazo muy fuerte

EDU

MIÉNTEME MUCHO (II)

El lunes de la semana pasada hablábamos de mentiras y hoy nos corresponde la segunda parte. Vamos a hablar de verdades.



La verdad es una necesidad. Necesitamos oírla aunque la conozcamos. Queremos escuchar que nos quieren a pesar de saberlo. La verdad es importante. Desvelarla puede ser crucial. Es como aquel reo al que se está juzgando. Palpar los entresijos es fundamental para ponerle o no en libertad. En términos de verdad, cometer errores puede llevarnos a fases terriblemente inadecuadas.

Hablemos, pues, de algunos tipos de verdad:

1. Verdad a medias: algunas veces no sabemos o no queremos mentir. En ocasiones, simplemente no deseamos dar un sinfín de explicaciones y contamos medias verdades. ¿Os habéis fijado bien en la expresión del rostro de la persona a la que le contamos sólo media verdad? Es un rostro a medio camino entre "no sé si creerte" y "prefiero no saber más". ¡Quedarse a medias no le satisface a nadie! Es lógico pensar que esa insatisfacción deje mal cuerpo. Después de todo, la media verdad termina por crear un mal sabor de boca en las dos personas. El que la recibe, insatisfecho y el que la da, con la sensación de haber creado insatisfacción.

2. Verdad para herir: la peor verdad que existe es la malintencionada. Por ejemplo, imagina que tienes pareja pero sales a cenar con otra persona y te encuentras con esa "amiga" que aprovecha cualquier ínfimo momento tuyo para pisarte. Te saludará de lo más cariñosa y en cuanto te des la vuelta hará una llamada con su móvil a tu pareja para alertar de la situación.
Cada día hay personas que se levantan con el objetivo de hundir, a base de verdades, miserablemente a otras.

3. Verdad diaria: este es el tipo de verdad común; el que no se piensa; el del discurso diario. Es la situación normal en nuestras conversaciones. Simplemente relatamos. A veces, no contamos la verdad, pero no es a sabiendas, es por desconocimiento. Otras, descubrimos lo que ya sabíamos y reconocemos la verdad.

4. El último tipo que quiero resaltar es la verdad con el corazón. Cuando miras a alguien a los ojos, coges sus manos y dices algo que sientes desde la parte más profunda de tu interior. Esta sensación no se experimenta a diario.
No sé si reconforta más decirlo u oírlo. Cuando eres quien lo dice te quitas un enorme peso de encima. llevas días pensando la manera, te ha robado el sueño y por fin le das forma a tus pensamientos. Pero cuando es al revés, cuando eres quien lo escucha, de pronto sientes calor por la zona del cuello, las manos se te enfrían y todo el cuerpo se encoje. Al final: alivio para ambas partes.

En ocasiones, una verdad puede ser dura. Alguna vez una mentira pudo ayudar. Sin embargo, solemos preferir una verdad difícil de oír a una mentira fácil de escuchar. Y cuando ya sabemos lo que hay y lo encajamos, podemos darnos cuenta de que todo ha cambiado. Cuando decidimos saber la verdad pese a lo que pueda pasar por conocerla, el riesgo es enorme y los cambios pueden ser grandes. Pero es posible que sea mejor caer rodando por una pequeña cuesta que mantenerse de pie al borde de un precipicio.

Pasamos la vida buscando estrategias para saber, a ciencia cierta, si la otra persona es sincera. Miramos a los ojos del otro con la intención de leer en sus pupilas. Y, probablemente, no estamos leyendo toda la verdad, sino el deseo de ver en esos ojos lo que necesitamos escuchar...

CADA

SI LA VIDA LLAMA A TU PUERTA...ÁBRELA

Hoy me apetece escribir unas cuantas líneas sobre un tema que no suele tener demasiada cabida en los análisis ni en los libros sobre crecimiento personal, a pesar de que en numerosas ocasiones, puede llevarnos a una vida sinsentido y a una alocada búsqueda de placer vacío, convirtiendo nuestra existencia en un oscuro nihilismo. Me refiero al discernimiento vocacional, ese proceso a través del cual la vida llama a nuestra puerta y nos ofrece el camino a seguir.

Antes de que os asustéis, lo primero que habría que decir es que la “vocación” no tiene que ver exclusivamente con la vida religiosa. La vocación es una llamada general a desarrollar mi vida en un determinado sentido, éste sentido puede ser religioso (en el caso de las vocaciones consagradas), pero también puede ser laico (el caso de miles de personas cooperantes, por ejemplo, que entienden su vida desde la actitud de servicio y entrega).

A lo largo de los años me he encontrado con personas realmente infelices porque nadie se preocupó de hacerles ver que se estaban equivocando con el desarrollo de su vida, que la vocación que habían elegido no es la que gritaba desde el fondo del corazón. Cuando no hacemos caso de “la llamada de la vida” corremos detrás de la felicidad, que se convierte así en un caldero de oro inalcanzable, en vez de dejarnos guiar por ella.



Estas personas tienen en común el hecho de que no consiguen separar el objetivo final de su existencia con las circunstancias vitales actuales. Aunque pueda parecer lo mismo la diferencia es fundamental. Según el modelo expuesto por Ken Wilber, el desarrollo humano se inicia desde el cuerpo hacia la mente y más allá, hacia el alma y el espíritu. Él lo llama hacia los aspectos causales y sutiles de la existencia (los aspectos que van más allá de la pura racionalidad). Aunque temiendo que el señor Wilber no estuviera de acuerdo, considero que la vocación tiene que ver con esos aspectos más allá de la razón, la forma en que ese “objetivo supremo” se concreta en nuestras vidas conforman las experiencias y circunstancias de nuestra cotidianeidad, que a su vez nos ayudan a encontrar nuestra verdadera misión en la vida, en un movimiento constante de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo.

Cuando no conseguimos escuchar o no hacemos caso de esa llamada, poco a poco nos encontramos con una pérdida de sentido que se manifiesta en una falta de ilusión por las cosas que hacemos y vivimos, un sentimiento de nostalgia existencial que cubre con una pátina de apatía las mismas situaciones que ayer nos entusiasmaban y nos colmaban de alegría.

El problema sobreviene cuando estamos en la dirección correcta y sin embargo las circunstancias donde se concreta nuestra vocación no nos entusiasman. Efectivamente un misionero puede haber acertado su objetivo vital y sin embargo no encontrarse cómodo con la realidad concreta que vive. Aquí es donde se hace fundamental separar actualidad y vocación. Para hacer correctamente este discernimiento es necesario e imprescindible contar con el apoyo de un otro que nos ayude a separar si debemos cambiar de circunstancias o realmente tenemos que dar un “salto transformador” que nos sitúe en sintonía con nuestro destino.

Después de haber sufrido y acompañado algunos de estos procesos me atrevería a indicar algunos síntomas que pueden ayudarnos a identificar cuál de los dos procesos estamos atravesando.
El cambio vocacional supone un avance en el desarrollo personal del individuo, por ello suele estar acompañado de una sensación de paz al vislumbrar el futuro y una ruptura emocional con el pasado. En numerosas ocasiones esta ruptura se vivencia con una falta de sentido vital, que no se puede explicar y que por supuesto, no suelen entender las personas más cercanas a nosotros (preguntad a cualquier cura qué dijo su familia cuando decidió ir al seminario o a cualquier cooperante las lágrimas en su casa al decir que se marchaba a África, Asia o Sudamérica). Como estamos más allá de la razón, no encontramos argumentos para justificar esa sensación de vacío, con lo que la tristeza puede y suele dar paso a una intensa angustia, el sentimiento compañero de las rupturas trascendentales.

Entender y explicar este proceso es fundamental para replantearnos nuestra vida desde un contexto más amplio, puesto que realizar movimientos “traslativos” (sería el caso de cambiar de pareja) únicamente nos conduce a una espiral de desesperación. El hecho del cambio puede aliviar en parte nuestros síntomas, pero con el tiempo, la pérdida de ilusión y la angustia volverán, encerrándonos en un ciclo de cambios que sin embargo no cambian nada, puesto que no transforman.

En el polo opuesto se sitúan los sentimientos “traslativos”, tenemos clara nuestra vocación y sin embargo no estamos a gusto con nuestras circunstancias. Aquí es más fácil realizar un recorrido del problema, si somos sinceros con quienes nos rodean y establecemos una buena comunicación. Muchas veces somos capaces de identificar las razones y causas de nuestro malestar, por lo que podemos incidir en ellos y solucionarlos. A este nivel se sitúan los cambios de carrera, las crisis de pareja o las crisis de desarrollo propias de la existencia humana (adolescencia, mediana edad, jubilación). Si bien la ansiedad también está presente, ésta no viene cargada con esa angustia vital que define la crisis vocacional. Nos sentimos incómodos pero no desencajados.

Cuando la comunicación y la sinceridad fallan, quizá es momento de replantearse el cambio de circunstancias, pero tenemos que tener la serenidad suficiente como para no caer en la tentación de considerar que hemos elegido mal nuestro camino. Os puedo asegurar que la tentación es mucho más fácil de superar junto a un buen amigo (o amiga)y una taza de humeante café (las nubosas tardes otoñales son ideales para una charla de este tipo).

Desearía que este “Post” os ayude a entender vuestras circunstancias actuales y también hacer más fácil los cambios a todas esas personas que se sitúan en una u otra de las crisis.
No quiero terminar sin mandar un mensaje a todos vosotros, los que vivís estas situaciones desde la perspectiva del testigo: “Amad y confiad en aquellas personas que comparten vuestro camino, aunque ahora no logréis entender sus pasos”.

Un abrazo muy fuerte para todos

EDU