LOS PEQUEÑOS PLACERES DE LA VIDA

Todos y todas tenemos eso que podemos denominar “Los pequeños placeres de la vida”. Se trata de cosas sin ninguna importancia que nos gusta hacer de vez en cuando y que suponen un auténtico placer. No me estoy refiriendo a la práctica de ningún hobby. Ni siquiera me refiero a aficiones que le contaríamos a un amigo. Estoy hablando de pequeñeces de las que no hablamos con nadie, que no compartimos, que no analizamos o, incluso, que no somos conscientes de cuánto nos importan.

Por ejemplo, yo tengo dos pequeños placeres que voy a compartir con vosotros/as.

De vez en cuando me encanta quedarme un viernes por la tarde sola en casa a la hora de la siesta. Entonces preparo toda la escena. Meto una buena peli en el DVD, me sirvo un vaso pequeño de naranjada, me pongo ropa cómoda y me tumbo en el sofá con mi manta. La mayor parte de las veces no veo la película y ni siquiera pruebo la naranjada porque el sueño se apodera de mí, pero experimento un tremendo placer cuando me tumbo en el sofá con todo ese ritual preparado.

Otro de los pequeños placeres que me gusta disfrutar es bastante sencillo y puede resultar estúpido. Consiste en apoyarme en el radiador de la cocina con la calefacción puesta. Al mismo tiempo abro la ventana y degusto un café. Me encanta el contraste de temperatura y sentir el calorcito a la vez que entra una bocanada de aire fresco por la ventana.

¿Lo entendéis? A esas pequeñeces me refiero hoy. ¿Cuántas veces no podemos disfrutarlas? ¿Sabemos siquiera lo importante que son y lo bien que nos hacen sentir?

Este es un llamamiento para hacer un alto en el camino y autoanalizarnos y, una vez hecho el análisis, no nos costará demasiado escuchar un poco a nuestro cuerpo para darle ese momento de relax que lleva semanas pidiendo a gritos.

En ocasiones, esos momentos tan importantes para nosotros parecen absolutas idioteces o nos puede dar vergüenza que alguien conozca cosas que hacemos, como poner la calefacción a todo trapo para abrir la ventana… Pero todo eso no importa; lo verdaderamente importante es disfrutar el momento. Vivir ese instante que nos renueva.

No sólo desde bebés experimentamos los placeres de los que hablo, sino que en nuestro día a día nos empeñamos en terminar con ellos porque las normas de la sociedad son así por esto o por aquello. El ejemplo más claro de esto es el biberón. Muchos niños o niñas de pequeños acostumbran a llevarse un biberón de leche y cereales a la cama para tomárselo justo antes de dormir. Sin embargo, un día nuestros padres, seguidos por no sé qué tipo de estúpida razón, deciden que ya eres “mayorcito” para el bibe y sin más, debes decirle adiós a ese maravilloso goce que llenaba tus noches de deleitación. De hecho, no has vuelto a ser el mismo desde entonces. Vamos a hacer la pregunta que está en la mente de todos ahora mismo: ¿acaso pasa algo si un tío de 40 años se mete en la cama con un biberón de leche? Absolutamente NADA, excepto que dormirá tan feliz. ¿Por qué nos empecinamos en fastidiar a los demás cuando experimentan sus propios pequeños placeres? ¿En qué tipo de sociedad vivimos que aquello que no hace mal de ningún tipo a nadie se termina prohibiendo porque de lo contrario supondría convertirnos en el hazmerreír general?


Menos mal que con el tiempo aprendemos a obviar ciertas normas absurdas y comenzamos a atrevernos a experimentar en nuestras propias carnes el riesgo de llevar a la práctica aquello que nos apetece y goza de ser estúpido pero benigno.

A todo el mundo le llega el día en el que se le termina el chupete, el biberón, el oso de peluche,… etc. Y, ¿por qué? ¿Tan malos somos como para merecer semejantes castigos?

Quien ha perdido al niño que un día llevó dentro, corre el riesgo de no volver a complacerse con el deleite del biberón que hoy podría estar bebiendo. Es decir, que si somos incapaces de mirar hacia dentro y buscar nuestros más profundos pero sencillos placeres no podremos disfrutarlos y estaremos viviendo con menos intensidad y, lo que es peor, no nos estaremos autocomplaciendo.

Si has visto la cara de satisfacción del bebé que saborea su bibe, puedes tratar de emularle y saborear tu propio disfrute personal.

Deberíamos ser capaces de volver al pasado si estamos siendo incapaces de vivir nimiedades en nuestro presente. Deberíamos pararnos a pensar y, más aún, detenernos a disfrutar. Recrearnos por unos instantes con algo breve pero intenso como aquél biberón que nos tomábamos de niños…

CADA.

EDUCANDO LA PACIENCIA

Hay un cuento de Jorge Bucay que me gusta especialmente. Trata de dos ranas que caen en una tinaja de leche. Las dos ranitas patalean y patalean hasta que una de las dos le dice a la otra que está cansada. No puedo más, se queja. Esta situación es absurda, nunca lo conseguiremos. Dicho esto, se deja ir, sin más esfuerzo, hasta el fondo de la tinaja. La otra ranita, lejos de darse por vencida, continúa nadando y nadando hasta que la leche, a fuerza de ser batida, obtiene la consistencia de verse convertida en nata.

Nuestro amigo Jorge no suele darnos moralejas para sus cuentos, puesto que en cada circunstancia de la vida pueden cambiar y las asociaciones que cada cual establece también forma parte de su terapia. A mí, este cuento siempre me ha sugerido una de las virtudes para ser más felices en nuestra vida: La paciencia.

(Imagen por: eljergon.com)

No creáis que estoy hablando de algún tipo de esotérico remedio religioso para vivir con resignación, antes bien, la paciencia es un arma poderosa para ayudarnos a conseguir nuestros objetivos más elevados, haciendo, en multitud de ocasiones, que las circunstancias se vuelvan a nuestro favor en lugar de correr en nuestra contra.
Como la ranita del cuento, la paciencia es la voz interior que nos recuerda, constantemente, que nuestras virtudes siguen estando intactas aunque no observemos inmediatamente los resultados.

En ocasiones, sentimos que la vida no hace nada por ayudarnos, nos vemos a nosotros mismos como fracasados o vencidos. Hemos puesto sobre el tapete nuestras mejores cartas y sin embargo, la mano parece estar perdida. Si perdemos con lo más sofisticado de nuestro repertorio…¿qué no sucederá después?.

Una de las consecuencias de la frustración, quizá la más dañina para nuestros intereses, es la falta de confianza y el desánimo posterior que provoca. La desesperanza abotarga los miembros y la creatividad, volvemos a definir el problema en los mismos términos y esto hace que siempre demos con las mismas conclusiones: No hay solución posible. Cuando somos capaces de valorar positivamente las fortalezas que todos tenemos, cuando somos conscientes del ilimitado valor de nuestra forma de actuar, las circunstancias constituyen sólo un acicate necesario y no un yugo insuperable.
Esta confianza inquebrantable en nosotros mismos es uno de los pilares de la paciencia. No se trata de obcecarse compulsivamente en los mismos errores, sino actuar con la calma del agua, que a fuerza de lamer las rocas, consiguen desgastarlas hasta reducirlas a un lejano recuerdo. La paciencia actúa con la fuerza invisible de la tenacidad.

Queda claro que una cosa es la paciencia y otra muy distinta el empecinamiento. La paciencia como hemos visto, se sustenta en la confianza y tiene como consecuencia el esfuerzo continuado. El empecinamiento, por su parte, es fruto del miedo a cambiar y la ceguera selectiva para no comprender todos los datos de un problema. Una mente abierta, dispuesta a observar y replantear las condiciones iniciales, buscando alternativas creativas, es imprescindible si queremos conseguir solucionar problemas o enfrentar una situación comprometida.

 En muchas ocasiones, la vida nos conduce a tesituras no del todo deseadas, pero que no queda más remedio que enfrentar y resolver. La solución no siempre es rápida y en algunos casos, incluso, depende de factores externos como el tiempo y la distancia. Una de las enseñanzas más valiosas que he descubierto a lo largo de los años es que todo llega y con la misma facilidad, todo pasa. Lejos de ser una sentencia definitoria, a mí particularmente me resulta muy liberadora. Puesto que todo llega, no merece la pena fantasear con expectativas, consecuentemente, todo pasa, así que lo mejor que podemos hacer es aceptar lo que viene sin juzgar si eso es positivo o negativo, disfrutemos de lo que tenemos, aceptemos el dolor, vivamos el presente saboreando hasta el final la copa de la vida. El caleidoscopio vital sólo nos permite ver sus preciosas imágenes cuando somos capaces de integrar cada experiencia en un todo lleno de luz y color. Ser paciente significa saber esperar a que las cosas lleguen, ser paciente también significa entender que el dolor desaparece, de una forma u otra. Cuanto antes seamos conscientes de esto, antes nos liberaremos del cruel  cautiverio del tiempo y por lo tanto, mayor será nuestra paciencia para enfrentar tanto lo bueno como lo malo.

Otra de las facultades que nos ayudan a ser más pacientes es lo que técnicamente se conoce como “Autocontrol”. Probablemente el tema diera por sí sólo para un post, pero sin entrar en demasiados detalles podríamos decir que el autocontrol es la habilidad para manejar las propias emociones negativas (en este sentido conforma parte de la Inteligencia Emocional y no debe confundirse con la represión de los sentimientos). Cuando estamos esperando algo o nos encontramos en medio de una situación indeseada, solemos sentirnos inquietos, nos cuesta concentrarnos, reducimos la eficacia de nuestros juicios y nuestros esfuerzos. El autocontrol nos ayuda en estos casos primero, a saber reconocer aquello que sentimos, es decir, ser conscientes de nuestra impaciencia. En segundo lugar, una vez que reconocemos la impaciencia nos ayuda a gestionarla y a identificar el mensaje que se oculta tras ella. En cada caso ese mensaje puede variar, pero personalmente, la impaciencia me ha ayudado a darme cuenta de que estaba atravesando por una situación que no me gustaba y por lo tanto me ha permitido poner en marcha los mecanismos necesarios para cambiar. Otro mensaje que a veces me cuesta escuchar y que puede llegarme en forma de impaciencia es ser consciente de cuánto deseo que suceda algo determinado.

Quizá os parezca innecesario, pero muchas veces nos encontramos con eventualidades y no somos capaces de darnos cuenta de cuánto nos agrada la situación. Esa ligera impaciencia es un recordatorio de que sea lo que sea nos encontramos en la dirección adecuada.

Lo importante, no obstante, es no dejar que la impaciencia se transforme en la excusa para olvidar lo que tenemos delante de nuestros ojos. Podemos caer en la tentación de enfocar nuestra actividad hacia el futuro o no ver más allá de ese ligero malestar, haciendo que nuestro día a día sea sólo un pasar de puntillas esperando siempre encontrar al final una recompensa que nunca llega. Esta actitud nos conduciría a una peligrosa espiral en la cual vivimos un etéreo mundo de sueños incumplidos, siempre aspirando a lo que no tenemos, fuera de nosotros y de la realidad, sin ser conscientes de que el suelo que pisamos está lleno de los ladrillos que precisamos para construir la casa de nuestra verdadera felicidad.

Aprended a aceptar todos los acontecimientos de nuestra vida, sin dejarnos llevar por la impaciencia, reconoced en ella los pequeños mensajes por los que guiarnos en las bravas aguas de la existencia, construid la felicidad sin dejaros llevar por fantasías de futuro y…HABRÉIS CONQUISTADO LA PACIENCIA Y VUESTRA VIDA!!!

Un abrazo muy fuerte para todos y todas

EDU

ODIO REPOSTAR

Creo que a muchas personas nos ocurre lo mismo. De hecho cada vez que tomo un coche prestado observo que está en reserva. ¿Casualidad?

Ciertamente, llenar el depósito del vehículo es algo bastante incómodo.

Cuando estás en un atasco insalvable se enciende la dichosa lucecita de aviso. Cuando estás disfrutando de lo mejor de la conducción por carretera, se enciende la dichosa lucecita de aviso. Cuando tienes prisa y llegas tarde, ¿adivinas lo que sucede? ¡Sí! Se enciende la dichosa lucecita de aviso.



En un intento por creer que el coche posee algo así como un doble fondo, al igual que las maletas, tendemos a apurar hasta la última gota. Por este motivo han inventado una especie de cuenta atrás que nos indica los kilómetros que nos quedan antes de que el automóvil se detenga por completo. Y claro, esto es lo peor. No sólo vas con el estrés de llegar tarde a un sitio a la vez que se enciende una luz roja y hay un pitido constante, sino que no puedes parar de mirar por el rabillo del ojo al indicador que dice: 47 kms, 32 kms, 26 kms…

Como ya has puesto a prueba tu depósito en otras ocasiones y ya sabes que es cierto que tiene un límite, tienes dos opciones:

  1. Prestarle tu utilitario a alguien
  2. Acercarte hasta la gasolinera más próxima

Decides decantarte por la segunda opción ya que recuerdas que la última vez que elegiste la primera, te devolvieron el coche cuando el indicador decía 11 kms.

Bien, vamos a esa estación de servicio que está al otro lado de la ciudad pero que tiene el litro de combustible 1 céntimo más barato.

Y ya que hay que ir hasta allí, aprovecharemos para realizar un par de recados que nos quedan de camino.

¡Uf! ¡Esto está cada vez más rojo! Pero no pasa nada. Seguro que aguanta. Los fabricantes ponen menos kilómetros de los que en realidad quedan. Es algo así como la fecha de caducidad de los yogures. Todos hemos comido yogures un mes después de su caducidad y seguimos vivos. ¡Puro marketing!

Bueno, una cosa era aprovechar el camino para determinados quehaceres y otra que nos pille un atasco, nos piquemos con otro en un semáforo y salgamos haciendo ruedas y que nos entren calores después de la carrerita y pongamos el aire acondicionado…

¡Vaya! ¡Si la lucecita se pone más roja seguro que el coche arde!

Vale, ya estamos avistando la gasolinera. Está en esa manzana, después de este semáforo. Aunque el coche se pare, es cuesta abajo. Llegamos por inercia. ¡Sí! Vamos a conseguirlo una vez más. Hemos vuelto a desafiar las leyes de la física.

Pero cuando por fin estamos a punto de entrar en la zona de surtidores hay una cola inmensa. En décimas de segundo miramos el reloj y pensamos:

Ya que estoy aquí debería lavarlo. Hace dos meses que sólo se moja con agua de lluvia. Las llantas están negras. Puedo lavarlo mientras se despeja un poco la cola. Y a la vez que está en el túnel de lavado puedo entrar a comprar el pan. Pero es que voy fatal de tiempo… Entre que lo lavo, compro el pan y echo el gasoil… A ver cuánto dinero llevo: ¡20 €! ¿Sólo? ¡Puaj! Con esto ni salgo de la reserva. Perder tanto tiempo para tan poco dinero no merece la pena. Además me tengo que bajar, abrir el depósito, ponerme los guantes, marcar los veinte euros en el surtidor, meter la manguera, echar el gasoil, tirar los guantes a la papelera y volver a entrar para pagar. Para eso entro una sola vez y compro el pan. Pero entonces no lavo el coche. Bueno, total ya, por unos días más sin lavar… ¡No! Paso de tragarme la cola. Es demasiado tarde. Mejor lo dejo para cuando vuelva a casa. Aún tengo suficiente autonomía.

Por lo tanto, después de estas cavilaciones, abandonas. Pero al volver a casa por la noche estás demasiado cansado y decides dejarlo para el día siguiente.

Y entonces, ocurre el milagro. Cuando te metes en la cama, ya con la luz apagada, tu pareja te dice:

“Cariño, mañana me llevo yo el coche…”

CADA

TRANSFORMAR AMENAZAS EN OPORTUNIDADES

Ayer estaba comentando con unos amigos todo el follón que se ha montado con la nueva “ley antitabaco”. La verdad, no me deja de resultar curioso cómo nos revelamos ante cualquier cambio en nuestros hábitos y costumbres. El caso es que uno de ellos, fumador, me decía: “Pues a mí me parece muy bien, fíjate que ayer estaba tomando algo en un bar y salí a la puerta a fumar, así que coincidí con otros fumadores que hacían lo mismo. Entre ellos había una chica con la que difícilmente hubiera podido coincidir en otras circunstancias, pero con la excusa del tabaco nos pusimos a charlar y la conversación resultó de lo más interesante”.

La anécdota puede parecer banal y desde luego no pretendo promocionar el tabaquismo como herramienta de relaciones sociales. Lo que me resultó revelador y me dio que pensar fue el hecho de comprobar cómo hay personas que son capaces de transformar una posible amenaza en toda una oportunidad.

Hay una herramienta muy valiosa que utilizan, entre otros, los consultores empresariales para gestionar el negocio de sus clientes. Se llama análisis DAFO y consiste en hacer un informe detallado de las Debilidades y Fortalezas personales, así como de las Amenazas y Oportunidades presentes en el entorno. La diferencia entre las personas o instituciones de éxito de aquellas que no lo tienen es que las primeras son capaces de transformar, como mi querido amigo el fumador, una situación en principio problemática, en una oportunidad para alcanzar sus objetivos.

Las situaciones, ya lo he dicho muchas veces a lo largo de los artículos publicados en el blog, son difícilmente modificables y por lo tanto más vale aceptarlas como son. Sin embargo, lo que sí podemos modificar es nuestra visión de esa realidad o mejor dicho, podemos mejorar nuestras habilidades de afrontamiento a las situaciones que nos preocupan o molestan. Hay varias formas de hacer esto.

Las oportunidades muchas veces se esconden detrás de aquello que no resulta evidente, cuando todos van en una dirección, parece más interesante elegir la dirección contraria, por ejemplo, ¿Por qué es tan malo lo que me sucede?¿Cómo sería la situación si la considerara buena?¿Por qué es tan buena la solución imaginada? Contestar a estas tres preguntas nos puede dar una pista bastante aproximada de lo que realmente queremos y de los obstáculos que debemos enfrentar para llegar a una solución creativa y satisfactoria. Probablemente descubramos aspectos que se nos habían pasado por alto o definiciones más interesantes del mismo problema.



Otra manera de buscar oportunidades puede consistir en replantearse los viejos hábitos y preguntarse si hay otra manera de hacer las cosas. Quizá me moleste salir a fumar mientras estoy tomando una copa, pero también es posible que el tiempo que estoy sin tabaco lo pueda invertir en prestar más atención a lo que estoy tomando (al fin y al cabo el tabaco perjudica tanto el olfato como el gusto) o concentrarme en la conversación que estoy teniendo. Por cambiar de ejemplo (que no quiero que me acuséis de alegatos pro-leyes), veamos cómo se puede aplicar ésta técnica a las relaciones de pareja. Muchas veces he visto parejas que están quejándose continuamente de manías que tiene el otro o lo difícil que es la convivencia. Hay veces en que gastamos tantas energías en tratar de descubrir lo mal que estoy, que después de quejarnos ya no queda ni una sola gota de ánimo para tratar de solucionarlo. En vez de eso, podemos tratar de buscar soluciones que abarquen un punto de vista más amplio y por lo tanto darnos cuenta de que, en realidad, aquello que nos separaba era una mera ilusión. Empezar a hacer las cosas de otra manera a menudo conlleva encontrar el punto de equilibrio necesario.

La experimentación y el juego también es una buena forma de encontrar oportunidades en medio de las crisis. Cuando uno juega se olvida por un instante de quién es (o de quien cree que es) e inventa nuevas formas de estar en el mundo, nuevas formas de relacionarse con los demás.  No se trata del cambio por el cambio, sino de explorar, con una inversión mínima, aspectos del sí mismo de los que quizá no somos plenamente conscientes. La experimentación también nos abre un abanico nuevo al desarrollo, una relajación de las viejas estructuras, de los antiguos hábitos que quizá nos esclavizan en rutinas imaginarias.

Cuando me permito a mí mismo salir al mundo, enfrentarme realmente a todos los datos del problema, en vez de imaginar compulsivamente un mundo quizá mejor, pero inalcanzable, la realidad inmediatamente se transforma. El ser humano es un ente especializado en encontrar relaciones, orden en el caos aparente, pero para dar con ese orden es necesario haber internalizado todos los datos del problema. Al tratar de evitar los aspectos negativos me niego a mí mismo la posibilidad de encontrar la solución. A menudo, ésta aparece como una especie de descubrimiento, de ¡EUREKA! inconsciente segundos antes. Al igual que la flor del loto se alimenta del cieno en el que crece, la solución imprevista hunde sus raíces en los aspectos más oscuros de la situación.

Os deseo una vida llena de oportunidades maravillosas y el recuerdo constante de que es muy posible, que alguna de ellas, se encuentre sumergida en mitad de esas amenazas que, aparentemente, salpican de vez en cuando el cuadro maravilloso que suele ser nuestra existencia

Un abrazo muy fuerte para todos

EDU

PRÓPOSITOS DE AÑO NUEVO: VIVIR EL PASO DEL TIEMPO

Cuando comienza un nuevo año, muchas personas tienden a hacerse autopromesas incumplidas hasta el momento. Es curioso, porque se trata de hacer algo así como los propósitos a partir de una fecha. Personalmente siempre he pensado que si deseas hacer algo como empezar a ir al gimnasio, dejar de fumar o aprender a tocar la guitarra, simplemente debes comenzar a hacerlo sin más. Sin analizar factores ni ponerle una fecha de inicio.

Sin embargo, reflexionando un poco sobre esto me he dado cuenta de que no se trata de que el cambio de año incida sobre un deseo, sino que el tiempo en sí coordina todas nuestras acciones. Debemos datarlo todo para conferirle un sentido.

Ahondando en estas materias vitales pienso en frases como el tiempo todo lo cura, el tiempo pone a cada uno en su lugar, date tiempo, con tiempo y una caña se acaba pescando, el tiempo te dará la razón.

Como siempre, yo no manejo las respuestas a las grandes cuestiones de la humanidad. Yo, desde el humilde sillón de mi despacho, me limito a analizar con una perspectiva profundamente personal lo que, desde mi opinión, parecen atisbar algunos de esos asuntos. Y en la incertidumbre por saber si realmente el tiempo pone y quita sólo se me ocurre mirar dentro de mi historia personal, marcada por hechos relevantes que la confirieron de una forma de pensar un tanto especial. Cuando pienso en esas ciertas cuestiones relevantes y afronto una mirada rápida sobre situaciones de mi pasado, me doy cuenta de que si bien el tiempo no logró correr un tupido velo sobre las relevancias de mi vida, lo que hizo fue enseñarme a vivir con aquello que me produjo dolor.



Vamos, que no te queda otra. Mientras tratas de superar un asunto más o menos complejo piensas que si te das tiempo podrás lograrlo. Piensas que si alejas de ti todo lo que te produjo dolor con la suficiente distancia, acabarás por conseguirlo. Pero ahora mismo, sin apenas pensar, se me ocurren dos hechos que han modificado mi trayectoria. Y, os puedo asegurar, que si bien el tiempo no ha conseguido que olvide ninguno de ellos, cuantos más años pasan más cuenta me doy de que no puedo renunciar a ellos.

La distancia en el espacio y la distancia en el tiempo, en ocasiones acrecientan la necesidad de reencontrarte con aquello que anhelabas alejar. No traté de olvidarlo, sólo pretendía distanciarlo lo suficiente como para que produjera una pizca de satisfacción haberlo vivido; así, la parte dura de la historia debiera ser, tan sólo, un fortalecimiento de mi alma, una enseñanza de la vida. Pero no fue así.

A veces pienso que no he aprendido nada.

Pasa el tiempo y parecemos tener la sensación de que no nos hemos movido del punto de partida. Cuado queremos darnos cuenta lo único que de verdad ha pasado es tiempo. Esto suena tan peligroso… Porque si en el anhelo por superar un hecho doloroso hemos caído en la tentación de creer que el tiempo ayudaría y lo único que ha sucedido es que cada vez estás más atrapado y los meses han caído uno tras otro, te harás la pregunta de a ¿qué he estado jugando?

Lo único que no debemos pensar es que hemos perdido el tiempo. Esto sí sería complicado de aceptar. Pensemos que, efectivamente, todo en la vida nos enseña y aporta algo.

Si el tiempo que creí perder me causó dolor, puede que en mi sufrimiento me sintiese esperanzada o puede que durante esos momentos creyese que esa sensación era la que me correspondía para poder dar el siguiente paso.

Siempre me he preguntado cómo se siente exactamente una persona anciana que ha ocultado su verdadero amor desde la adolescencia. Qué percibe un hombre cuyos ideales se mantuvieron dormidos durante décadas. Cómo se profesa aquella mujer que nunca afrontó su tendencia sexual ante su familia, etc. ¿Apreciarán estas personas la soga del tiempo rodeando su cuello?

¿Es mejor vivir el silencio de la esperanza eterna que dejar de sentir? Sin duda es más sencillo pero también, sin duda, nos perderíamos la sensación de dulzura de una emoción escondida en la profundidad de nuestro corazón.

Ante estas difíciles dilaciones la pregunta que todo humano se hace es ¿acaso el tiempo todo lo cura? Quizá podamos concluir que lejos de esto, el tiempo sólo produce paso del tiempo.

Siento no haber aprendido a que el tiempo todo lo cure. Siento no haber aprendido a desear con franqueza que así fuera. Pero lo que sí creo haber aprendido es a saborear el sentimiento que el recuerdo del paso del tiempo me produjo…

CADA