Todos y todas tenemos eso que podemos denominar “Los pequeños placeres de la vida”. Se trata de cosas sin ninguna importancia que nos gusta hacer de vez en cuando y que suponen un auténtico placer. No me estoy refiriendo a la práctica de ningún hobby. Ni siquiera me refiero a aficiones que le contaríamos a un amigo. Estoy hablando de pequeñeces de las que no hablamos con nadie, que no compartimos, que no analizamos o, incluso, que no somos conscientes de cuánto nos importan.
Por ejemplo, yo tengo dos pequeños placeres que voy a compartir con vosotros/as.
De vez en cuando me encanta quedarme un viernes por la tarde sola en casa a la hora de la siesta. Entonces preparo toda la escena. Meto una buena peli en el DVD, me sirvo un vaso pequeño de naranjada, me pongo ropa cómoda y me tumbo en el sofá con mi manta. La mayor parte de las veces no veo la película y ni siquiera pruebo la naranjada porque el sueño se apodera de mí, pero experimento un tremendo placer cuando me tumbo en el sofá con todo ese ritual preparado.
Otro de los pequeños placeres que me gusta disfrutar es bastante sencillo y puede resultar estúpido. Consiste en apoyarme en el radiador de la cocina con la calefacción puesta. Al mismo tiempo abro la ventana y degusto un café. Me encanta el contraste de temperatura y sentir el calorcito a la vez que entra una bocanada de aire fresco por la ventana.
¿Lo entendéis? A esas pequeñeces me refiero hoy. ¿Cuántas veces no podemos disfrutarlas? ¿Sabemos siquiera lo importante que son y lo bien que nos hacen sentir?
Este es un llamamiento para hacer un alto en el camino y autoanalizarnos y, una vez hecho el análisis, no nos costará demasiado escuchar un poco a nuestro cuerpo para darle ese momento de relax que lleva semanas pidiendo a gritos.
En ocasiones, esos momentos tan importantes para nosotros parecen absolutas idioteces o nos puede dar vergüenza que alguien conozca cosas que hacemos, como poner la calefacción a todo trapo para abrir la ventana… Pero todo eso no importa; lo verdaderamente importante es disfrutar el momento. Vivir ese instante que nos renueva.
No sólo desde bebés experimentamos los placeres de los que hablo, sino que en nuestro día a día nos empeñamos en terminar con ellos porque las normas de la sociedad son así por esto o por aquello. El ejemplo más claro de esto es el biberón. Muchos niños o niñas de pequeños acostumbran a llevarse un biberón de leche y cereales a la cama para tomárselo justo antes de dormir. Sin embargo, un día nuestros padres, seguidos por no sé qué tipo de estúpida razón, deciden que ya eres “mayorcito” para el bibe y sin más, debes decirle adiós a ese maravilloso goce que llenaba tus noches de deleitación. De hecho, no has vuelto a ser el mismo desde entonces. Vamos a hacer la pregunta que está en la mente de todos ahora mismo: ¿acaso pasa algo si un tío de 40 años se mete en la cama con un biberón de leche? Absolutamente NADA, excepto que dormirá tan feliz. ¿Por qué nos empecinamos en fastidiar a los demás cuando experimentan sus propios pequeños placeres? ¿En qué tipo de sociedad vivimos que aquello que no hace mal de ningún tipo a nadie se termina prohibiendo porque de lo contrario supondría convertirnos en el hazmerreír general?
Menos mal que con el tiempo aprendemos a obviar ciertas normas absurdas y comenzamos a atrevernos a experimentar en nuestras propias carnes el riesgo de llevar a la práctica aquello que nos apetece y goza de ser estúpido pero benigno.
A todo el mundo le llega el día en el que se le termina el chupete, el biberón, el oso de peluche,… etc. Y, ¿por qué? ¿Tan malos somos como para merecer semejantes castigos?
Quien ha perdido al niño que un día llevó dentro, corre el riesgo de no volver a complacerse con el deleite del biberón que hoy podría estar bebiendo. Es decir, que si somos incapaces de mirar hacia dentro y buscar nuestros más profundos pero sencillos placeres no podremos disfrutarlos y estaremos viviendo con menos intensidad y, lo que es peor, no nos estaremos autocomplaciendo.
Si has visto la cara de satisfacción del bebé que saborea su bibe, puedes tratar de emularle y saborear tu propio disfrute personal.
Deberíamos ser capaces de volver al pasado si estamos siendo incapaces de vivir nimiedades en nuestro presente. Deberíamos pararnos a pensar y, más aún, detenernos a disfrutar. Recrearnos por unos instantes con algo breve pero intenso como aquél biberón que nos tomábamos de niños…
CADA.



