CUESTIÓN DE PRIORIDADES

El tema de hoy me lo ha servido en bandeja una persona que conozco desde hace bastante poco. Una de esas personas que tocan la vida de uno tangencialmente pero que sin embargo dejan, de alguna manera, una huella en el camino.
El caso es que hablaba yo con Nuri (vamos a llamarla así) sobre el tema de los hijos, de tenerlos, de no tenerlos, de si es el momento más adecuado o no. Y me preguntaba yo después de esta conversación frente a la máquina del café. ¿Cuál debería ser el criterio a la hora de decidir una posible paternidad? No se me escapa que no puede ir uno por la vida como si fuera un soñador empedernido, perdido entre quimeras y alejado de la realidad, pero, también es cierto que hay límites y esos límites, desde mi punto de vista, tienen que ver con nuestras prioridades en la vida.
Si nos ponemos a pensar seriamente en esto de las prioridades resulta no ser una cuestión menor, porque casi todas las decisiones que tomamos en la vida están en menor o mayor medida por eso que se ha dado llamar escala de valores y que parece que no cambia demasiado fácilmente. Sinceramente, a mí me parece que es un poco excusa para preocuparnos por asuntos que en realidad no tienen una importancia tan cabal, aunque claro, alguien podría argumentar que eso depende de la escala de valores…
La vida está hecha para vivirla, a ser posible de a poquitos, como decía una hermosa canción de Rosana. Muchas veces tratamos de boicotearla con pensamientos del tipo “Cuando tenga esto, podré ser feliz” “Cuando tenga este horario, podré hacer tal cosa” “Cuando tenga esto otro, podré disfrutar de aquello” Y entre tanto tener o desearlo, se nos olvida que la vida es una cuestión de ser, pero sobre eso ya he escrito en otras ocasiones.
Si realmente deseo algo, es decir, si está dentro de mis máximas prioridades, realmente pondré los medios para alcanzarlo. Y si no, pues resulta que no es tan importante. Y me van a perdonar ustedes, pero cuanto antes reconozcamos esta ley tan sencilla de la vida nos irá mejor a tod@s.
Si nunca encuentro un hueco para llamarte, si nunca se dan las circunstancias idóneas para ver esa película, si nunca se alinean los planetas convenientemente con las lunas sagradas de Orión en la casa del Zodiaco pertinente…Pues tendré que aceptar que llamarme no es una prioridad en tu vida, esa película no me llama la atención y los astros van un poco a su bola sin pensar demasiado en cómo afecta en nuestra vida el vuelo de sus órbitas.


Y vuelvo a decir, no pasa nada, es así. Lo entiendo, lo acepto y no por eso voy a odiarte a ti o al Universo, pero reconozcamos las cosas como son. Es la mejor forma de dejar de ponerse absurdas excusas. Además este puede ser un baremo importante para aumentar nuestro propio autoconocimiento y de paso responsabilizarnos un poco más de nuestras decisiones, para bien de todas las personas que me rodean.
Podríamos decir que es una cuestión de energía, o mejor dicho de dónde pongo esa energía. En qué pienso, en tener más dinero o en ser feliz, en dejar pasar las horas en el trabajo o en ser más productivo, en la próxima excursión por el campo o en el programa de la tele que ponen el domingo. Porque dependiendo de lo que esté entre mis pensamientos estableceré un plan para alcanzarlos y por propia ley de gravedad, al final tendré más dinero mientras dejo pasar las horas en el trabajo deseando que llegue el fin de semana para tirarme en el sofá a ver la película de la sobremesa. Y está bien. Pero entonces no puedo quejarme de que mi vida social es un asco, mientras rumio con tristeza que en el trabajo me están poniendo contra las cuerdas y hace siglos que no voy al campo.
Si resulta que mis pensamientos no están alineados con mis supuestas prioridades, sólo tenemos dos soluciones, o cambiamos de prioridades o cambiamos de pensamientos. Es decir, empezamos a plantearnos la posibilidad de ser un poco más coherentes con lo que supuestamente decimos que somos.
Vale, ahora resulta que me doy cuenta de que alguien importante para mí no me llama, ni me escribe ni responde a mis llamadas (dicho sea sólo a modo de ejemplo). Conclusión evidente. Para mí ese alguien es más prioritario que yo para él. ¿No es más fácil admitirlo? Puede que a mí me apetezca hablar contigo pero no sea el momento adecuado para ti. Perfecto. Quizá encontremos un lugar para compartir o quizá no. Pero no merece la pena forzarlo, ni merece la pena enfadarse porque para mí seas el Sol y yo para ti la estrella más lejana de la galaxia más lejana del universo.
Y aquí enlazamos con otro tema, porque cuando las prioridades para mí y para ti están claras, no queda más remedio que aceptar que mis prioridades son las que son y actuar en consecuencia. Y esto realmente exige una cantidad importante de valentía, porque no vivimos en un mundo que se identifique precisamente con la autenticidad. No hace falta que te venda la moto de que eres importante, o hace falta que me la vendas a mí. Los dos sabemos dónde estamos, pues perfecto. Tampoco es cuestión de generar rencor eterno o de poner condiciones. Puede que tus prioridades en un momento determinado vuelvan a coincidir y entonces podremos disfrutar plenamente del encuentro de nuestros objetivos, sin disimulos de por medio.
Alguna vez escuché a alguien quejarse amargamente de esto. Yo respondería. ¿Por qué haces lo que haces? Porque entra dentro de tus prioridades o porque quieres que entre dentro de las prioridades de otra persona. Y esta pregunta tan sencilla nos complica la vida más de la cuenta. Porque en la mayoría de los casos no aceptamos que lo que es importante para mí puede no ser importante para otro y en ese caso o nos tiramos una y otra vez de cabeza contra la pared del desaliento o esperamos pacientemente a que nos toque el turno, si estamos dispuestos a soportarlo.
Sólo un parrafito más, para terminar, decidas lo que decidas no te escudes en los otros. Al fin y al cabo, si quieres hablar con alguien lo más fácil es llamar, siempre y cuando aceptes que quizá hoy no sea el mejor día para que te cojan el teléfono.
Que tengáis una semana llena de armonía
EDU

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